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domingo, 16 de agosto de 2026

Una memoria incómoda: Badajoz 1936

 
Noventa años nos separan de la matanza perpetrada por Yagüe tras la toma de Badajoz. 
Tras no pocas dudas y versiones interesadas acerca  de lo que realmente pasó en 1936 en Badajoz y otros pueblos de Extremadura como Almendralejo, hoy parece innegable que la masacre, además de quedar fuera de toda duda, terminó anunciando lo que iba a ser la actuación de los sublevados tras capturar Madrid: así la resistencia numantina de la capital bajo la consigna de "No pasarán" parece ser, entre otras cosas, el resultado de una lección aprendida a partir de los acontecimientos. Yagüe y Franco (con su rotunda y reiterada negativa a cualquier trato con la República) alimentaron la desesperación de los madrileños, decididos a resistir a toda costa. 
El artículo que recogemos hoy, publicado en El Diario.es en 2021, es un recordatorio necesario y obligado.

La matanza de Badajoz en un periódico francés

 «La memoria incómoda. Badajoz, 14 de agosto de 1936 / José Perelló Moreno».
Hasta noviembre de 2018, en la actual calle Periodista Enrique Llanes, de Vistabella, podía verse la placa con el apellido de uno de los más feroces militares fascistas sublevados contra la II República: el general Yagüe, conocido como el “carnicero de Badajoz”, personaje que para escarnio y vergüenza de cualquier demócrata, da nombre también a una de las fundaciones franquistas.
En nuestra región son muchos los municipios que aún tienen vías públicas dedicadas a Yagüe, Calvo Sotelo, Sanjurjo, Millán Astray, José Antonio, Onésimo Redondo, Francisco Franco, etc... Calles y plazas que han de cambiar sus nombres obligados por la nueva Ley de Memoria Democrática, cuyo principal objetivo es situar en primer plano a las víctimas de la dictadura franquista, habida cuenta de que la anterior ley de Memoria Histórica promovida por Zapatero en 2007, se quedó a medias y consiguió muy poco, porque existe un vacío legal que no obliga su cumplimiento.
¿Para qué la Ley, entonces? En este asunto todo depende de la voluntad de los gobiernos municipales y autonómicos. Su exigua aplicación no deja de ser un indicador de nuestra escasa calidad democrática, como demuestra la desidia (cuando no la connivencia) de los sucesivos gobiernos que no se han molestado en algo tan “nimio”, o incluso han repuesto nombres franquistas retirados por anteriores concejos, como han hecho PP y Cs en Córdoba, por ejemplo.
Es intolerable que todavía hoy en España se pretenda dar el nombre de un golpista como fue Juan de la Cierva al aeropuerto de Corvera, y sean homenajeados asesinos fascistas como Queipo, Mola, el mismo Franco, o el general Yagüe.
Este último (que aún tiene 32 calles en toda España) fue el responsable de lo que la prensa extranjera conoció como la “matanza de Badajoz” de la que este 14 de Agosto se cumplen 58 años y de la que afortunadamente tenemos noticias directas gracias al valioso testimonio de unos cuantos periodistas extranjeros; a saber, Jay Allen, corresponsal del Chicago Tribune, Mario Neves del Diario de Lisboa, René Brut de la Pathé Journal, Marcel Dany, de la Agencia Havas, Jaques Berther corresponsal de Temps. Jean d’Esme de L'Intransigeant, y John T. Whitaker del New York Herald Tribune.
La aportación de estos reporteros es capital, ya que a la realidad histórica que fue la “matanza de Badajoz” en agosto de 1936, los historiadores franquistas opusieron (y siguen oponiendo) la “leyenda de Badajoz”, en un exitoso y persistente empeño de ocultar la verdad negando los espeluznantes hechos o atribuyéndolos a las exageraciones de la “propaganda roja”; por ejemplo, la “fiesta” que se montó en la plaza de toros con un enfervorizado público de derechas ocupando los tendidos para aplaudir y jalear el fusilamiento de los republicanos que entraban al ruedo manos en alto o atados. Tal fiesta nunca existió, pero sí los ametrallamientos en masa en la arena de esa desaparecida plaza de toros, en cuyo solar se levantó por empeño personal de Rodríguez Ibarra (entonces presidente socialista de Extremadura) un Palacio de Congresos, en un alarde de desprecio por la memoria histórica propio del PSOE de Felipe González.
Francisco Espinosa escribe en La Columna de la Muerte (Crítica, Barcelona 2020): “La plaza de toros de Badajoz y la matanza que allí tuvo lugar forman parte de la memoria incómoda, y su final, su transformación en aséptico palacio de congresos, demuestra simplemente -al cuarto de siglo de la muerte del dictador- que no se sabía qué hacer con ella.” La plaza de toros ya no existe, pero queda el testimonio de los reporteros:
Jay Allen se encontraba en Torremolinos el 18 de julio de 1936. Pocos días después (27 de julio), consiguió entrevistar a Franco en Tetuán. A raíz de la entrevista, Allen publicó un artículo con la siguiente conversación:
Allen: «¿Durante cuánto tiempo se prolongará la situación ahora que el golpe ha fracasado? 
Franco: «No puede haber ningún acuerdo, ninguna tregua. Salvaré a España del marxismo a cualquier precio». 
Allen: «¿Significa eso que tendrá que fusilar a media España? 
Franco: «He dicho a cualquier precio».

El periodista no tardaría en constatar que el general hablaba en serio. El plan B de los golpistas era una guerra de exterminio, como explicaba Mola el 31 de julio de 1936 en Radio Castilla de Burgos: “Yo podría aprovechar nuestras circunstancias favorables para ofrecer una transacción a los enemigos; pero no quiero. Quiero derrotarlos para imponerles mi voluntad, y para aniquilarlos.”
El terrible debut tuvo lugar en Badajoz en agosto de 1936. Falangistas, voluntarios derechistas, guardias civiles que cambiaron de bando, 2.250 legionarios y 750 regulares marroquíes cometieron todo tipo de salvajadas. Desde Elvas (Portugal), donde se alojó tras ser testigo de la masacre de Badajoz, Allen relató la brutal represión contra la población tras la ocupación de la ciudad por los sublevados. El 30 de agosto de 1936 El Chicago Tribune publicó este artículo, titulado «Slaughter of 4,000 at Badajoz, City of Horrors» (Matanza de 4.000 en Badajoz, ciudad de los horrores), crónica considerada una de las más importantes de la historia del periodismo de guerra:
“Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo de cuerpo y alma… Miles fueron asesinados sanguinariamente después de la caída de la ciudad. Desde entonces de 50 a 100 personas eran ejecutadas cada día. Los moros y legionarios están saqueando. Pero lo más negro de todo: la policía internacional portuguesa está devolviendo gran número de gente y cientos de refugiados republicanos hacia una muerte certera por las descargas de las cuadrillas rebeldes".
El joven periodista portugués Mario Neves describe (Diário de Lisboa, 15 de agosto) la presencia en Badajoz de una columna de humo en constante combustión. Era el modo en que los golpistas pretendían deshacerse de los cuerpos de las personas que estaban siendo asesinadas:
“Acabo de presenciar tal espectáculo de desolación y de pavor que tardará en borrarse de mis ojos...Hace diez horas que la hoguera arde. Un olor horrible nos penetra en la nariz a tal punto que casi nos revuelve el estómago. Se oye de vez en cuando una especie de crepitar siniestro de la madera. Ningún artista, por genial que fuera, sería capaz de reproducir esta impresionante visión dantesca (…). En el fondo, en un agujero cavado en la tierra se encuentran, sobre travesaños de madera, semejantes a las que se usan en las líneas férreas, en una extensión tal vez de cuarenta metros, más de 300 cadáveres, en su mayoría carbonizados.”
El cronista pudo preguntar a Yagüe sobre la matanza y la existencia de al menos 2.000 muertos, ante lo que este le espetó: «No deben ser tantos...», sin negar la masacre en ningún momento, según cuenta.
René Brut, de la Pathé Journal, pudo burlar la censura franquista para sacar fuera de España las famosas imágenes grabadas en Badajoz, entre ellas, las escenas de numerosos cuerpos ya sin vida en el cementerio de San Juan o el cementerio viejo.
Los golpistas se alarmaron y reforzaron la censura. Se preguntaban ¿qué pensarían en París cuando vieron la película enviada por Brut, con los muertos en los paredones y las hileras de cadáveres calcinados o esperando serlo en el cementerio de Badajoz? Esas imágenes, escribió tiempo después otro periodista (Peter Wyden), eran una premonición de Auschwitz.

Figura 28. Cementerio de San Juan de Badajoz. 18 de agosto de 1936. Cadáveres de fusilados y muertos en los combates, en: Análisis y contextualización de las imágenes tomadas por René Brut en la ciudad de Badajoz el 17 y 18 de agosto de 1936, 1 octubre, 2011, Antonio Manuel Barragán-Lancharro y Moisés Domínguez Núñez, CHDE Trujillo.com

Posiblemente Badajoz sea la ciudad española que, en relación con su población, sumó un mayor número de personas asesinadas a consecuencia del golpe militar. Francisco Espinosa (op.cit.) documenta hasta 1.500 personas víctimas de la represión en el mes de agosto de 1936, con nombres y apellidos. Los historiadores piensan que la cifra se duplicó, pues muchos nunca fueron registrados.
La matanza de Badajoz en agosto de 1936 fue, además de un ensayo general para la guerra de exterminio, un escarmiento a petición de los terratenientes y una señal de lo que debía esperar el resto de las zonas republicanas. En efecto, en Extremadura parecía que la reforma agraria iba a prosperar; y algo más que la ideología hizo reaccionar a los grandes propietarios.

Todavía hay quien se pregunta para qué sirve esto de la Memoria. Cuando se habla de “superar las heridas de la guerra por el olvido” se está cometiendo un gran error y sobre todo una tremenda injusticia con los que dieron su vida y fueron perseguidos por defender la República y una sociedad más justa que superara las atroces condiciones de los trabajadores y las clases más desfavorecidas. 
Figura 29. Cementerio de San Juan de Badajoz. 18 de agosto de 1936. Cadáveres de fusilados y muertos en los combates de la ciudad incinerados

Las fotografías e ilustraciones han sido añadidas por el autor del blog.
Algunos enlaces:

jueves, 8 de septiembre de 2022

El patio de mi casa es particular

 El patio de mi casa es particular 

Cuando llueve se moja como los demás 

Canción popular infantil

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla... 

A.Machado 

La antigua casa donde nací, probablemente de las primeras construida en tiempos del cardenal Belluga, frente a la plaza de su nombre en la villa de Dolores, tenía una puerta cochera que era la entrada principal, un pequeño zaguán y un comedor con un enorme hogar y una gran puerta-ventana que daba acceso al patio. De aquel bien diseñado edificio, a pesar del deterioro, lo mejor era su patio. Las viviendas de los pobres tenían corral y las de los ricos, patio. Sin embargo, aunque mi familia no era rica, la antigüedad y la sólida construcción de la casa (por la que mi padre pagaba dieciséis pesetas de renta mensual), otorgaba a nuestro corral el título de patio. Dijo Rilke que nuestra verdadera patria es la infancia. Y toda patria tiene territorio y fronteras. En mi primera infancia de hijo único, para mí (y mis amigos), el patio de mi casa era mi tierra y mi nación. Este particular microcosmos limitaba al este y al oeste con los muros de las casas adyacentes, al norte con el salón comedor y al sur con una tapia medianera de piedra, mortero y yeso. Desde el comedor, a través del gran ventanal practicable por el que penetraba la luz del sol de la mañana, se veían las colocasias y alhábegas de mi madre, una palmera, una gran tinaja y una barca que había salido de las reposadas aguas bajas y los carrizales del Hondo para cumplir allí su plácida jubilación hasta el definitivo exitus. 


De vientre plano, sin quilla, con el costillar de madera ennegrecida por el alquitrán seco, la barca yacía indolente sobre la tierra húmeda de mi corral; y allí remató su larga vida dedicada a deslizarse sobre las aguas del Hondo cargando a cazadores de patos y fojas. Estoy convencido de que, como a cualquier viejo, a mi barca no le molestaba el abuso al que yo y mi tropa la sometíamos. A bordo de ella, en nuestra inagotable fantasía, surcábamos los siete mares cual expertos almirantes sobre el puente de un descomunal transatlántico. Esta nave moribunda fue elemento esencial del paisaje de mi infancia, en un entorno doméstico muy antiguo con el aura de otro siglo que se percibía en la arquitectura y en esa humedad omnipresente de los pueblos y villas asentadas sobre los marjales de la Vega Baja del Segura. Al pie de la carcomida escalera de madera que subía hasta la galería del piso (que además de vivienda era una sastrería), creció un montículo de basura transmutado por el tiempo en tierra mineral. Sobre este pequeño ejido fósil yacía recostada una gran tinaja de las que se usaban para el agua, una enorme matriz de arcilla por cuya boca solíamos colarnos de uno en uno o de dos en dos.
 Dentro de ese gran útero de barro, el sonido de nuestras agudas voces era un eco musical de tonos reverberantes, un viaje sonoro, atávico y telúrico que a fuerza de cotidiano devino aburrido y sin interés. Pero me gustaba esa enorme matriz, siempre dispuesta a darnos cobijo como una amorosa y paciente madre. Sentado a horcajadas sobre su lomo, me sentía el reyezuelo de todo aquello. Al fondo, junto a la tapia que lindaba con el patio de la casa taller de un guarnicionero, se erguía la triste palmera, descuidada y solitaria, sobre cuyas tabalas trepaba yo en las siestas para saltar la barda y visitar a mi vecino y amigo Ramón Melilla. 
Bajo el voladizo del corredor de la sastrería, en lo que fue establo, mi padre guardaba los maderos para los andamios, cuerdas de cáñamo, listones, regles, tablones encanecidos por el yeso, ladrillos, alambres, hierros y toda clase de materiales de construcción, incluidos unos rollos de cartón piedra que yo usaba para fabricar escudos de diseño medieval (como arcos de medio punto) copiados de los tebeos del Capitán Trueno. 

Y una amasadora de madera que a veces llenábamos de agua (pacientemente transportada a pozales desde el aljibe que había en la entrada con ayuda de mi madre) para botar nuestros pequeños navíos diseñados y construidos con motores de goma y palas. Con esos abundantes elementos, mis coleguillas y yo construimos “el puente sobre el río Kwai”, tal como lo vimos en el cine. Desde el paseo del cardenal Belluga frente a mi casa, escenario y cancha de todo tipo de juegos y aventuras, mis amigos y yo accedíamos a mi patio con sólo atravesar el zaguán y el comedor de la casa. Mis padres nunca protestaban y mi corral siempre estaba lleno de niños. Jugábamos a las casicas, hacíamos sesiones de circo y montábamos empresas como hombres de negocios en oficinas ideales cuyas máquinas de escribir eran ladrillos, fumando vegueros que fabricábamos enrollando papel. En mi patio el tiempo se detenía a la vez que avanzaba hacia el incierto futuro de una madurez que imaginábamos plena. Allí todo parecía fácil y posible como una promesa o un sueño; ignorantes de las dificultades y peligros futuros, teníamos prisa y curiosidad por saber de qué tipo serían las que nos aguardaban. 
Vieja, bonita, soleada, húmeda y desconchada, mi casa era también albergue de fantasmas, esos seres inexistentes de los cuales tan poco sabemos, excepto que gustan de la noche, las ruinas, la humedad y los sueños. Eran fantasmas amables. En invierno, ante la gran chimenea, mi abuela nos contaba cuentos y recuerdos de su Murcia natal. Las viejas fotografías y daguerrotipos se amontonaban sobre los armarios. Aunque no la comprendía, siempre me impresionó una de un bigotudo actor en el Teatro Romea, reflejada en varios en espejos dispuestos en círculo. 
A la puerta de mi casa solía traquear un pobre, alto, que olía agrio. Sus babas blancas y secas chorreaban sobre la chaqueta gris, sucia y raída. En aquellos lejanos días de los años cincuenta los pobres tenían nombre. Paco el tonto era el de este mendigo al que mi madre daba una bolsa de pan duro todas las semanas. Me daba miedo y pena, tanta como la que pueda sentir un niño que tiene asegurada su merienda. 
El espacio exterior, infinito, desconocido, tenía su primera representación en las plazas. Los niños éramos los dueños de la calle. En ella, sin la protección familiar nos enfrentábamos a nuestras limitaciones, solos, con el único apoyo del grupo de colegas. Los juegos se sucedían por épocas: las bolas, la teja, el caliche, la trompa, (el zompo la llamábamos para masculinizarla), mecha, churro mediamanga y mangotero, el pique. etc…Por el control de los territorios, de cuando en cuando, se declaraban “guerras”. Parece mentira que en un pueblo de apenas cinco mil almas hubiese tantos barrios, todos con su nombre, sus fronteras, sus líderes, su jerga… Y había batallas y escaramuzas, representadas, dramatizadas … Todo esto lo tomábamos como la cosa más natural del mundo. Fabricábamos nuestras espadas y escudos de madera o cartón, arcos y flechas de caña, “tiradores” (tirachinas)... Instintivamente éramos conscientes de la importancia del territorio del mismo modo que los animales guardan y marcan el suyo. Así lo asumíamos, jugando a la guerra, con violencia si era preciso. Solo había tregua cuando aparecían los municipales. Y leyes, como la de no chivarse nunca, la más importante. ¡Pobre del chivato! Se toleraba la crueldad, a veces extrema, pero nunca la delación. El chivato era reo de muerte, y como no existía tal pena, se le arrastraba, escupía y era señalado. Eran leyes severas, heredadas, ancestrales, inmutables y no había otra que cumplirlas a rajatabla... 

En agosto, la feria. Alrededor del paseo del Cardenal Belluga se instalaban las casetas de los feriantes. Los niños teníamos que esperar hasta el último día para elegir regalo. Yo siempre me empeñaba en una pequeña guitarra de madera con cuerdas de alambre; mi padre se negaba a “feriármela”, argumentando que esperase a que me pudiera comprar una de verdad. Pero yo, obsesionado e impaciente, en mi patio fabriqué varias, algunas con diseños futuristas ... Ninguna sonaba bien; no obstante, con esos bizarros instrumentos montamos un conjunto, compramos un cancionero y decidimos buscarnos la vida viajando por el mundo haciendo bolos. Junto a mi portal, una familia de Orihuela que vendía bisutería instalaba todos los años su caseta; mis padres les permitían usar el retrete y la cocina. Entre mi familia y la de estos feriantes surgió una amistad sincera, ingenua, que duró varios años. Recuerdo que nos invitaron a la comunión de su hijo pequeño en Orihuela. La hija mayor, que era muy moderna, intentó en vano enseñarme a bailar el madison. 
Durante la feria mi patio era el centro del mundo, lleno siempre de críos que esta vez venían a ver de cerca y tocar a los feriantes. En el paseo, frente a mi casa, se montaba el tinglado para la banda de música: a medio día pasodobles y marchas; por la noche, verbena, con conjuntos “músico vocales”, como se decía entonces. Yo miraba arrobado y muerto de envidia a las parejas de mayores que bailaban tan bien, me fijaba en sus pasos, pero no me atrevía a pasar a la acción y sacar a alguna niña por miedo a hacer el ridículo. Solo la yenka, que estaba muy bien explicada por su letra me animó a salir a la pista. Era una premonición de la política, como comprendí más tarde: izquierda izquierda, derecha derecha, delante detrás, un dos tres. Algo sencillo, justo lo contrario de lo que habría de ser y es la vida. 
José Perelló Moreno, Agosto 202...


Nota aclaratoria. José Perelló me pasó hace algún tiempo este texto, precioso a mi criterio, lleno de experiencias más o menos compartidas aunque solo sea porque disfruté de patio en mi infancia. También, todo hay que decirlo por la proximidad económica, social y cultural de Dolores y la Vega Baja alrededor del Hondo con el sur de nuestro término. 
Procedencia de las imágenes:
Las fotografías las he ido incorporando como mera ilustración al contenido, un procedimiento un tanto peregrino, pero es lo que hay. 
Las fotografías en blanco y negro se han tomado de la entrada Nuestra provincia en el recuerdo: Dolores, en Alicante Vivo: http://www.alicantevivo.org/2007/09/nuestra-provincia-en-el-recuerdo.html
El grabado de Goya: 
Mendigo ciego con un perro - Fundación Goya en Aragón : https://fundaciongoyaenaragon.es/files/resize/800x600/files/images/1-7561754.jpg