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martes, 13 de julio de 2010

Jaime Alfonso El Barbudo


Como un ejemplo de lo que dice Gonzalo al final del artículo que más abajo se reproduce, mi familia y en general el vecindario de mi infancia se refería con cierta frecuencia a un personaje que aun hoy sigue siendo un mito entre la ciudadanía local. Para indicar la afición desmedida a lo ajeno de alguien decían: ... eixe es mes lladre que Jaume el de la Serra... Recuerdo que en cuanto preguntaba salían las historias del bandido generoso que robaba a los ricos para repartírselo a los pobres, en una visión no exenta de ambivalencia.  Jaime el Barbudo, como El Tempranillo y otros bandoleros de la época  terminó trascendiendo fronteras transformado en personaje literario al que se dedicaron novelas y piezas de teatro e incluso en nuestros días, sesudos análisis sobre su importancia o sentido histórico. Nacido en Crevillente, ciudad que presta especial cuidado a su memoria, ejerció en  las primeras décadas del XIX, época en la que casi tras cada peña se escondía un bandolero; combatió al francés y después al liberalismo y terminó verdaderamente mal, como veremos.
Y todo esto viene a cuento porque Gonzalo Martínez Español acaba de pasarme un  interesante y ameno artículo biográfico publicado inicialmente en Aspis, Revista de Moros y Cristianos  de Aspe del año 2007 que gustosamente reproduzco, con mis inevitables añadidos. También sirvió de material preparatorio para su conferencia Las andanzas de Jaime el Barbudo, de la leyenda a la realidad leída en las III Jornadas de investigación organizadas por el Museo Histórico de Aspe en el año 2009, con el lema “Visiones de la Historia. Cuando la leyenda se hace realidad” y para más cosas que otro día contaré.   

Jaime  el barbudo
                                                                                  Gonzalo Martínez Español.

Entre miles de malhechores surgidos en las primeras décadas del siglo XIX, Jaime el Barbudo es sin duda, el bandolero valenciano que ha gozado de mayor popularidad, pasando a formar parte de la leyenda y de la literatura. Su procelosa vida está entremezclada con los mitos forjados a su alrededor; sus hazañas han sido trasmitidas de padres a hijos, constituyendo parte de la tradición oral de numerosos pueblos del sureste alicantino y  murciano, siendo contemplado como un héroe marginado, un bandolero segregado de la sociedad de forma fortuita e injusta, que reparaba injusticias, robando a los ricos y auxiliando a los pobres.
La literatura romántica decimonónica aprovechó el influjo y fascinación popular que ejercían los bandoleros, para crear personajes literarios de tonos melodramáticos, por lo común alejados de la realidad de los protagonistas. En el caso de Jaime Alfonso, el escritor Ramón López Soler publicó en 1832: “Jaime el barbudo, o sea, la Sierra de Crevillente”, novela en la que difiere considerablemente de la realidad del Barbudo. Del mismo modo, Sixto Cámara teatralizó las aventuras del bandolero en 1853 bajo el título: “Jaime el Barbudo y la cámara ardiente”.
En 1868, Francisco Sales Mayo editó la obra: Jaime el Barbudo o los bandidos de Crevillente, y en 1873, Florencio Luís Parreño hizo lo propio con el libro: Jaime Alfonso el Barbudo, el más valiente de los bandidos españoles, edición corregida en 1883, sendas novelas de clara intencionalidad biográfica. Otros autores han reflejado las proezas del Barbudo utilizando cauces artísticos alternativos, tal es el caso del jumillano Julián Santos Carrillo que compuso la zarzuela Jaime Alfonso el Barbudo, con libreto de Lorenzo Guardiola, estrenada en Jumilla en el año 1956. Recientemente, el reconocido ilustrador Miguel Calatayud, –paisano  nuestro–, reprodujo la vida del Barbudo en su cómic el pie frito, obteniendo el primer premio en el XVI certamen del salón internacional del cómic de Barcelona.
Las circunstancias sociales y económicas que atravesaba España a principios del siglo XIX, propiciaron el incremento del bandolerismo. La organización socio–económica del Antiguo Régimen se estaba descomponiendo e iba a provocar una serie de modificaciones, mudando la posesión de la tierra desde el dominio señorial hacia un sistema capitalista, que desencadenó la concentración de tierras en unas pocas manos y la proletarización de un gran número de campesinos, provocando grandes desigualdades sociales y abocando a muchas personas al mundo de la marginalidad. A esto se unió una crisis de autoridad de los poderes públicos, que se veían impotentes para reprimir buena parte de las actividades delictivas, asociado a etapas de dificultades económicas, más un clima político de guerras y confrontaciones permanentes. 
La base documental  para abordar la figura del Barbudo es escasa, y ha sido expuesta por distintos investigadores. En la partida de bautismo conservada en la parroquia crevillentina de Ntra. Sra. de Belén, figura que Jaime Joseph Cayetano Alfonso Juan, nació en Crevillente el 23 de octubre de 1783, era hijo de humildes jornaleros. Desconocemos como transcurre su infancia, aunque Hernández Girbal[i] expresa que era un muchacho de carácter retraído, atareado en guardar ovejas en Hondón de las Nieves –por entonces término de Aspe–, apacentando los ganados entre las sierras del Algayat, la Solana y la Sierra de la Madera.
 Afincado en Crevillente, contrae nupcias con Antonia García el día 1 de agosto de 1803 contando 22 años de edad. Dedicado a actividades de jornalero, en 1806 está guardando unas viñas en Catral, y sorprende a un merodeador apelado el “Zurdo”, que quiere robar unas uvas, con el que entabla una fuerte discusión que acaba en reyerta, Jaime le hiere de muerte, y desconfiando de la acción de la justicia, busca refugio en el monte. Una versión distinta apunta a que siendo soldado en 1804, Jaime solicita permiso para visitar a su madre gravemente enferma, licencia que le deniegan, y en un momento de desesperación deserta y se interna en la sierra. Otra adaptación señala que al estar su madre encarcelada por insolvencia,  Jaime acude a visitarla en la prisión y pugna con el carcelero ante los impedimentos que éste le pone, golpeándolo mortalmente.
Los relatos novelescos refieren que la banda de los Mojicas le encuentra errático y maltrecho en el monte, le procuran cuidados, apelándole el Barbudo por la crecida barba que porta, Jaime se integra en la cuadrilla, tomando parte en las fechorías, con las que adquiere destreza y un gran conocimiento de las sierras. El Barbudo repudia los crueles procedimientos de los Mojicas, tal como embestir perros amaestrados hambrientos a sus víctimas. En una ocasión salva de dicho lance al Marqués de Rafal, que queda en deuda con el bandido. Llegado el día, Jaime no tolera más los métodos de los hermanos Mojicas, y en una enconada discusión, en la que se le adhieren algunos integrantes de la banda, mueren dos hermanos y el tercero de los Mojicas huye, quedando Jaime como jefe de la partida en el año 1808, fecha en que las tropas napoleónicas invaden la Península.
Mientras España empieza a desgarrarse en una cruenta guerra contra los franceses, Jaime se convierte en el dueño absoluto de caminos y montes, e impera desde la vega sur del río Segura hasta los valles del Vinalopó, apoyado por una red de espías y confidentes, que le tributan servicios a cambio de una retribución económica o por temor a represalias. Entretanto, el bandido ha enviudado y en el año 1810 vuelve a contraer matrimonio en Crevillente con Maria Antonia Sol.
Siguiendo las narraciones literarias, éstas refieren que la cuadrilla de Jaime se incorpora a la lucha guerrillera contra los franceses, utilizada en su beneficio para efectuar asaltos y robos; participa en múltiples escaramuzas bélicas, que se extienden por tierras andaluzas y manchegas, colaborando con la partida de Villalobos. El Barbudo da muestras de un gran arrojo en el combate ante el francés, al que destruye convoyes, sorprende destacamentos, captura correos, etc. Con la retirada de las tropas napoleónicas en 1813, Jaime regresa a Crevillente, tras haber recibido el indulto en reconocimiento a los méritos obtenidos en la lucha contra los franceses, y retoma las ocupaciones agrícolas y ganaderas, junto a su esposa e hija.
Su inquebrantado espíritu aventurero, y la obtención del sustento por un medio más rápido y menos fatigoso, le impulsaron a reemprender la azarosa vida delictiva en 1815. El acicate sería unos imprudentes comentarios de su hacendado arrendador, que le califica como asesino y ladrón, detentador de unos bienes producto de la delincuencia. Llegado a oídos de Jaime,  éste opta por darle un escarmiento asaltando un envío de carros que transportaban frutos y dinero de su antiguo propietario. En el hurto se le agregan  antiguos miembros de su gavilla: Pascualeta, el Partidor, Caga Doblones, El Blusa, Matamoros, Marrana, etc. La cuadrilla reemprende los asaltos y robos a mercaderes, carreteros y viajeros. Sus correrías se extienden por tierras murcianas y alicantinas, dueño y señor de riscos y montes que no le ofrecen secretos, señorea en las Sierras de la Pila, El Carche, Salinas, el Cantón de Abanilla, El Algayat, el Reclot, la Sierra de Crevillente, etc, en las que encuentra refugio en cuevas y ventas, apoyado por los lugareños, que le  informan al detalle de los bagajes y personas que circulan por los caminos.
Son renombradas sus temerarias incursiones en Orihuela, el asalto a la venta del Gitano en Villena, los continuos saqueos a los participantes en las ferias comarcales (Petrel, Orihuela, Elche, etc.). Su persecución resultaba estéril para las compañías de escopeteros y soldados que le andaban a la zaga, ya que los bandidos recibían el apoyo de su red de espías y cómplices, siendo puntualmente advertidos de cualquier peligro.      No sólo se valían de noticias verbales, sino de multitud de signos y señales convenidos, tales como canciones, músicas, fogatas, cohetes, rayas en las rocas, colgajos en los árboles, cruces en los caminos, manchones en las tapias, todo lo cual les permitía una actuación segura y una huida tranquila. El Barbudo se desenvolvía con una gran destreza en el arte de la guerrilla, rápidamente agrupaba o dividía a su gente según la necesidad, imprimía gran agilidad en sus movimientos y manifestaba una enorme astucia en confundir a sus rastreadores. Distintos cuerpos de tropa y compañías armadas de civiles anduvieron a la caza del Barbudo sin obtener fruto. En 1819, el capitán general de Valencia había comisionado al coronel Francisco Samper al objeto de capturar a los facinerosos. Los pueblos tenían obligación de auxiliar con refuerzos armados a los soldados, el coronel Samper demandó al Cabildo ilicitano el apoyo de una cuadrilla de escopeteros, con el fin de tomar posiciones sobre la sierra del Tabayá y permanecer en continua observación, al objeto de detectar los movimientos de la partida de Jaime Alfonso. El Ayuntamiento ilicitano aprueba enviar 6 hombres y un comandante al punto solicitado.[ii]
El Barbudo ejercitaba severas venganzas contra sus opositores, quemándoles casas y cosechas e imponía una contribución a transeúntes, trajinantes y carreteros para circular sin riesgos. Al poner precio a su cabeza, se vuelve receloso y deja de pernoctar con su banda. Su estrategia se diversifica, practicando robos en alquerías y casas de los pueblos, y en menor medida en caminos, asimismo adopta el secuestro de personas  como método de extorsión, solicitando un rescate a cambio. Al respecto, Manuel Cremades recoge el anecdótico secuestro del aspense Ambrosio Gumiel, testimoniado por su hija Dolores. Siendo Ambrosio niño, su hacendado padre le envió con un carretero a Orihuela para cursar estudios, cuando transitaban por la Garganta de Crevillente le salieron al paso Jaime y su banda, el bandido raptó al niño pidiendo mil onzas de oro por el rescate, que abonó el padre. El trato dispensado al niño fue tan considerado que cuando cogía alguna rabieta pedía volverse con el bandido.[iii]
 Jaime disfrutaba de un enorme ascendiente sobre las gentes de la comarca, en buena medida motivado por la generosa actitud con los humildes. En su viaje por España, el británico conde de Carnavon, menciona la figura de Jaime el valenciano, afirma que éste pagaba los impuestos de cuanto menos cinco pueblos, protegiendo a los campesinos e incluso aportando dotes para el casamiento. La prensa del momento recoge el asalto a un comerciante ilicitano al que robó 7.000 pesos, firmándole un recibo de haber sido desvalijado “por el rey de la Sierra de Crevillente”, cantidad que más tarde repartió en Albatera. Otra referencia alude al día de Resurrección de 1821, en el que distribuyó 20.000 pesos entre los habitantes de Crevillente, previamente expoliados a un comerciante oriolano.
El pronunciamiento militar de Riego, permitió instaurar la Constitución de Cádiz en 1820, limitando el poder absoluto del rey. El gobierno liberal, inquieto por el ascenso que había experimentado el bandolerismo, denegó el indulto cursado personalmente por el Barbudo. En el manifiesto, Jaime justificaba su rebeldía contra el orden social: “Queda demostrado que no soy un homicida ni un criminal por seguir el único medio que el derecho de la naturaleza me preescribe cual es el de conservar mi vida... que el tomar lo necesario para vivir no envuelve crimen alguno, pues en la extrema necesidad todos los bienes son comunes(...) Mi conducta honrada me ha facilitado la confianza de los esposos de cuyas mujeres y familias jamás he abusado(...) y un dinero que he adquirido a costa de riesgos y de mortales fatigas, ha sido distribuido entre el espartero hambriento, el sencillo cabrero, el sediento carretero...[iv]
En consecuencia, Jaime se adscribe a la causa realista, constituyendo una de las numerosas cuadrillas defensoras del monarca absoluto. Los realistas conspiraban con el apoyo de buena parte del clero y la nobleza a fin de restituir el omnímodo poder real. Las autoridades constitucionales dispusieron medidas para combatir a las partidas facciosas. El jefe superior político de Valencia, Francisco Plasencia, se dirige a los alcaldes y justicias de Crevillente. Novelda, y Aspe, ordenando pongan todos los medios y aúnen sus fuerzas en la persecución de Jaime, y advirtiendo de severos castigos a las autoridades cuya negligencia les convirtiera en cómplices o encubridores.
Los alcaldes cruzan circulares para entrevistarse e iniciar las batidas, el alcalde de Novelda da cuenta del apresamiento de dos bandidos de la partida del Barbudo en mayo de 1821, señalando el poco empeño de los alcaldes de Crevillente y Aspe en perseguir a Jaime. A uno de los presos apelado José Onteniente, se le ofreció respetarle la vida si colaboraba en la detención de la cuadrilla. Jaime amenazó con tomar represalias en Novelda. En respuesta, Francisco Plasencia ordena que si se quitaba la vida a algún vecino de Novelda, sin dilación se colgara de un árbol al preso José Onteniente, aunque este procedimiento no era el cauce habitual que debía seguirse.
Tras un encuentro con los bandoleros, Juan Navarro, integrante de la milicia de Novelda, había dado muerte al bandido Marrana, componente de la partida del Barbudo. En un decreto trasmitido el 7 de agosto de 1821, el rey ordena que se gratifique con 10.000 reales de vellón a Juan Navarro, el precepto fija a su vez 30.000 reales de recompensa por la captura de Jaime Alfonso, 10.000 reales por cada miembro que estuviese  integrado más de cuatro años en la banda y 6.000 reales por los que la constituían en menor tiempo[v].
El Barbudo es acosado por milicias y fuerzas del ejército, pero sus hábiles maniobras consigue desorientarles. Emprende una nueva campaña asaltando y robando a los liberales, y entra en los pueblos destruyendo las lápidas constitucionales, tal es el caso de Albatera, Orihuela, etc. De igual modo, Jaime perpetró su entrada en la villa de Aspe el 19 de agosto de 1822 dando vítores al rey Fernando y a la religión, liberó a todos los presos retenidos en la cárcel municipal, y destruyó la lápida constitucional establecida en la plaza Mayor.
El rey permanecía coaccionado por los liberales pero alienta la insurrección, tratando de forzar la intervención de las fuerzas extranjeras. El 7 de abril de 1823 entra en España el ejército francés, y paulatinamente capitulan las plazas fuertes y ciudades,  restableciendo a Fernando VII como monarca absoluto. Los dilatados servicios prestados a la causa realista proporcionan el indulto a Jaime, más la distinción del grado militar de sargento primero al servicio de la Corona. A principios de 1824 es llamado a la Casa Consistorial de Murcia al objeto de recibir órdenes, se aprovecha el momento para culparle de robo y asesinato, siendo encarcelado por orden del general Montes, se le instruye proceso judicial y es condenado a la horca.
El precipitado final del Barbudo parece ser consecuencia de maquinaciones políticas que pretendían eliminar a un incómodo aliado. El 5 de julio de 1824, Jaime es ajusticiado en la horca levantada en la plaza de Santo Domingo de Murcia. Al cadáver le fue aplicada una pena accesoria que no era infrecuente en la época, el cuerpo fue descuartizado y frito en aceite a fin de procurar un escarmiento ejemplar, los trozos quedaron expuestos en los distintos lugares donde había efectuado sus fechorías. La cabeza, metida en una jaula fue exhibida en la plaza de Crevillente, la mano izquierda en la esquina de la cárcel de Jumilla, la mano derecha en el puerto llamado de la mala mujer, el pie izquierdo en la Cochera, es decir en el camino que conducía desde Aspe a Elche, y el pie derecho en el camino de Hondón de los Frailes a Hondón de las Nieves.
El excepcional castigo viene confirmado por un documento publicado por Cayetano Más, mediante un suplicatorio realizado por el verdugo José Manuel Merino. Éste reclama los emolumentos pendientes de varios trabajos realizados en 1824, testimoniando: ”... en el día 15 de julio(sic) del mismo, executó la sentencia de muerte de horca, desquartizó y fritos los cuartos a que fue condenado un reo llamado Jayme Alfonso el Barbudo...”[vi].
El bandolerismo no quedó erradicado tras la muerte de Jaime, ya que los malhechores continuaron operando en nuestra comarca, entre ellos, algunos antiguos  componentes de la partida del Barbudo. Otros se reintegraron a la vida cotidiana, tal es el caso de Francisco Martínez, vecino de Aspe, integrante de la gavilla de Jaime Alfonso, que fue indultado por su Majestad en 1824, y en cuya petición de clemencia hacía constar que se había adherido a la cuadrilla del Barbudo para combatir a los liberales.
Indudablemente, Jaime fue un personaje admirado y mitificado por la mayoría de las gentes de Aspe, quienes le brindaron apoyo y cobertura en sus acciones. El bandolero y su partida encontraban refugio en las numerosas cuevas y simas que contiene la Sierra de Crevillente, cuya vertiente norte, densamente poblada de vegetación, constituía por entonces el término municipal de Aspe.
Todavía persiste una reminiscencia del Barbudo en una frase popular utilizada en municipios como Elche o Aspe; pues a la hora de referirse a alguien amante de lo ajeno o que cobra precios abusivos por un producto, se emplea la expresión:“Ese es más ladrón que Jaime el de la Sierra.”

                                              
                                                                                    

NOTICIAS ADICIONALES:

 Enlaces a la vida del bandolero:
Una nota biográfica en prensa:


Y el acostumbrado enlace a Alicante Vivo:

Drama en verso accesible en digital, de Sixto Cámara

Jaime el Barbudo o sea, La sierra de Crevillente / Ramón López Soler ; edición de Enrique Rubio Cremades y  María Angeles Ayala Aracil, completa en digital:


Obra lírica de Julián santos:

Interesante: Sender de Jaume el Barbut:

Noticia en La Verdad.  Cueva de la Excomunión, refugio del bandolero en la Sierra de La Pila:

tema en un foro alternativo:

Para espeleólogos: Sima de jaime El Barbudo enYoutube:

 Pinturas rupestres en la cueva de Jaime el Barbudo; revista El Grito:


[i] HERNANDEZ GIRBAL, Florentino (1968): Bandidos celebres españoles. Imprenta Depón, p. 134.
[ii] Archivo Municipal de Elche. Acta del Libro de Cabildos de 23 de Agosto de 1819.
[iii] CREMADES CREMADES, Manuel (1966):Aspe, Novelda y Monforte. Imprenta de Tomás Cerdán. Alicante, p. 100–101.
[iv] ESCUDERO GUTIÉRREZ, Antonio (1982) “Jaime el Barbudo: Un ejemplo de Bandolero Social” en Estudis d´historia contemporània del País Valencià nº3. Universitat de València, Facultat de Geografía i Història.
[v] A.M.E. Legajo H–105, doc. nº 29. Copia del edicto emitido por el Jefe Político superior de Valencia relativo a Jaime el Barbudo. Valencia ,7 de agosto de 1821.
[vi] MÁS GALVAÑ, Cayetano (1987): “Un documento inédito acerca de la muerte de Jaime el Barbudo” en Revista de Semana Santa Crevillente, p. 125.


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almoradi1829.blogspot.com 
Que un cráter lunar se llame Perito en Lunas Miguel Hernández 

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miércoles, 28 de agosto de 2013

JAIME EL BARBUDO SALTEADOR Y GUERRILLERO... / Gonzalo Martínez Español (y 5)


La entrega a las autoridades y la petición de indulto en 1823.

El pleno de la Diputación celebrado el 15 de enero patentizaba las enésimas urgencias económicas que padecían las partidas comandadas por el coronel Jaramillo. La penuria obligó a que la Diputación recurriese al Intendente de la provincia a fin de que le anticipase 6.000 reales, que serían reintegrados con la primera remesa de fondos que se ingresara en la depositaria provincial[1]. El pleno de 28 de enero dio lectura a una carta del Intendente manifestando la imposibilidad de anticipar los 6.000 reales de ayuda a las partidas volantes. Asimismo un oficio del Intendente dirigido al jefe político expresaba la imposibilidad de suspender el apremio contra el pueblo de Novelda, a causa del impago de contribuciones, sin aceptar el pretexto de haber invertido algunos fondos en la manutención de la partida volante constitucional. Una vez más, Jaramillo manifestaba la absoluta carencia de medios para auxiliar a las patrullas. El presidente acordó la entrega de 8.000 reales al jefe político en auxilio de las fuerzas de Jaramillo, propios del fondo destinado a armamento de la Milicia Local Nacional[2].
El 18 de marzo el Barbudo y su cuadrilla se entregaron a las autoridades de Jumilla acogiéndose al indulto. El 26 de marzo se le esperaba en Chinchilla, había prometido mandar una partida de voluntarios y emplearse en perseguir malhechores y enemigos de la estabilidad del sistema constitucional[3]. El Diario Constitucional expresa: “Jaime Alfonso (alias el Barbud) con toda su partida que por espacio de 21 años se ha sostenido en las Sierras de Crevillente, entregado al robo y al latrocinio, habiendo hecho inútiles los esfuerzos de cuantas tropas se habían mandado contra él para capturarle, se ha presentado al indulto en el pueblo de Jumilla con su partida, convirtiéndose en defensor de los derechos del hombre en sociedad[4].” La incorporación de Jaime Alfonso a la defensa del orden constitucional comenzaba a dar frutos positivos. A comienzos de abril detuvo a 17 individuos que formaban parte de un grupo de 79 presos liberados por el faccioso Villaescusa cuando eran transportados a Cartagena. A su vez los actos de Jaime tenían un efecto añadido, ya que siguiendo la estela del bandolero, se habían acogido al indulto una facción de Novelda y otra de Agost, más unos cuantos persas del pueblo de Muchamiel[5].

El 7 de abril de 1823 irrumpen en España los cien mil hijos de San Luis capitaneados por el Duque de Angulema con el propósito de restituir a Fernando VII en el trono absolutista. El ejército galo fue paulatinamente venciendo la resistencia, hasta que Cádiz, el último reducto liberal claudicó el 1 de octubre. El Barbudo no tardó en mudarse al bando realista: Jaime Alfonso (alias el Barbut) se ha pasado a los facciosos. ¡Cuanto se nos ocurrió cuando vimos que éste y otros de su laya en virtud del indulto se presentaron en esta capital con el trofeo de sus robos y asesinatos insultando a las justicia![6]. Idéntico rotativo señala que Jaime el Barbudo y 21 de sus secuaces habían sido apresados por los franceses, pese a que Jaime había sido paladín de la fe, con la consiguiente satisfacción del articulista[7].
El Conde de Carnarvon recorría la Península en 1823 cuando Jaime el Valenciano se adscribió nuevamente a la causa realista. El Conde daba buena cuenta del ascendiente que tenía Jaime sobre los habitantes de la comarca, constatando el reparto del botín entre las clases más necesitadas:
“Estando yo en Valencia, este poderoso aventurero pagaba los impuestos de por lo menos  cinco aldeas situadas dentro de los límites del territorio montañoso sobre el que durante años fue rey casi absoluto, las autoridades le temían y le festejaban, y los pobres le amaban y le temían como a su señor natural(…) Tenía a honra proteger a los campesinos que se adherían entusiásticamente a su causa y se decía que a veces, cuando una pareja de enamorados pertenecientes a familias fieles a él, no podían casarse por falta de dinero, Jaime resolvía el problema dando a la novia dote suficiente y apareciendo en plena boda en traje de ladrón, asistiendo al baile, sacando a la novia a bailar, besándola en las mejillas con un ardor que el novio perdonaba sin gran esfuerzo y desapareciendo entre los aplausos ruidosos de los campesinos(…) Era raro que desvalijase del todo a los viajeros, limitándose más bien a cobrarles un porcentaje de lo que llevaban…”
                                               (Conde  de Carnarvon, 1967, 100-102)                    
La militancia en las filas absolutistas le proporcionó el indulto de la Corona y Jaime fue designado sargento mayor de una partida realista. Se empleó en la persecución de malhechores y desafectos al nuevo sistema cobrando una asignación económica del Consistorio de Murcia. En el diario El Semanario Murciano de 16 de marzo de 1879, dentro de las consultas de lectores, se formulaba la pregunta ¿por qué concepto recibía Jaime Alfonso un socorro mensual del Ayuntamiento de Murcia en el año 1823? El redactor afirmaba que por su condición de realista, fiel partidario del Trono y el Altar, exponiendo que:“…Restablecido en 1823 el régimen absoluto, Jaime, bien espontáneamente porque creyese que debía contribuir a asegurarlo en nuestra comarca, bien mandado por el nuevo Ayuntamiento realista de Murcia (que ó consideró aún necesarios y eficaces sus servicios o buscó sólo un pretexto para premiarle los antiguos) siguió recorriendo con su gente el país murciano, de capitán de realistas, y en tal concepto recibía de cuando en cuando socorros pecuniarios del Ayuntamiento. Lo que no sé si es un socorro mensual y fijo, efectivamente; creo que no. Al mismo tiempo que la de Jaime, existían otras varias partidas realistas, a las cuales el Ayuntamiento acudía de igual modo[8]

Murcia. Plaza de Santo Domingo
Detención y ejecución del Barbudo en 1824.
La literatura refiere que a principios del año 1824 Jaime es requerido en las cárceles de Murcia con el pretexto de recibir órdenes. Engañado por las autoridades absolutistas, aprovechan la ocasión para culparle de robo y asesinato, siendo encarcelado por mandato del general Montes. Se le instruye proceso militar en cuyo sentencia figura: “Se ha seguido causa contra Jaime Alfonso Menor, de Crevillente (…) sobre robos en despoblado, por cuyo ha sido sentenciado a la pena de muerte en garrote” (Escudero Gutiérrez, 1983, 81).
El 5 de julio de 1824, Jaime es ajusticiado en la horca levantada en la plaza de Santo Domingo de Murcia. Al cadáver le fue aplicada una pena accesoria que no era inusual en la época, el cuerpo fue descuartizado y frito en aceite para una conservación más prolongada, con la intención de proporcionar un escarmiento ejemplar, exponiendo los trozos en lugares públicos de las poblaciones donde había efectuado sus fechorías. La cabeza, metida en una jaula fue exhibida en la plaza de Crevillente, la mano izquierda en la esquina de la cárcel de Jumilla, la mano derecha en el puerto llamado de la mala mujer, el pie izquierdo en la Cochera, es decir en el camino que conducía desde Aspe a Elche, y el pie derecho en el camino de Hondón de los Frailes a Hondón de las Nieves (Hernández Girbal, 1968, 182).
Placa conmemorativa en la Plaza de Santo Domingo. Fotografía procedente de:  http://academiasdeljardin.blogspot.com.es/2013/07/ajusticiado-alfonso-el-barbudo-en-las.html
El precipitado final del Barbudo no está suficiente clarificado. Pudo ser consecuencia de maquinaciones políticas absolutistas que pretendían eliminar a un incómodo aliado, con una enorme experiencia y destreza en el combate. Asimismo se aduce la posibilidad de que usara los galones para robar con mayor impunidad, como también pudo ser una venganza personal del general Montes ante una abierta enemistad con Jaime Alfonso. En este sentido apunta un articulista del periódico El Genio de la Libertad en 1839, esgrimiendo haber conocido al Barbudo, anotando: “No le sucedió a otro que conocí yo, que también ejercía su habilidad, el cual se llamaba Jaime Alfonso el Barbudo, pues el pobre se desavino con cierto personaje de Murcia, y le colgó sin tener consideración ni a sus barbas ni a la destreza con que había ejercido su ingenioso oficio[9].”
El excepcional castigo aplicado al cuerpo del Barbudo viene confirmado en un documento publicado por Cayetano Más. En un nuevo suplicatorio realizado por José Manuel Merino reclamando los honorarios pendientes de varios trabajos realizados en 1824, Merino expresaba: ”... en el día 15 de julio del mismo (sic), executó la sentencia de muerte de horca, desquartizó y fritos los cuartos a que fue condenado un reo llamado Jayme Alfonso el Barbudo (…) Además se me están adeudando 1.400 reales en la villa de Crevillente y 600 en la de Jumilla de la conducción y fixación de los cuartos del reo Jayme Alfonso” (Mas Galvañ, 1987, 125)
Camino entre los Hondones.  Fotografía procedente de: http://www.geocaching.com/geocache/GC3JWG2_vistas-de-hondon-a-hondon?guid=9269ddb6-2afa-4c60-bbe1-ca72c31f5488

Tras su muerte, Jaime Alfonso se convertía en un personaje mítico y legendario, recordado por sus innumerables hazañas en favor de los humildes. Tras la desaparición de Jaime, la inseguridad perduró profundamente arraigada en estas comarcas durante varios lustros. Delincuentes habituales y liberales huidos de la represión absolutista campeaban por doquier cometiendo robos y pillajes. Algunos antiguos camaradas de Jaime retornaron a la senda del bandidaje, refugiados en la Sierra de Crevillente. El 6 de octubre de 1824, el labrador José Rocamora se encontraba en su hacienda de la Armajaleta, emplazada a un cuarto de legua de la Granja de Rocamora. Fue raptado por cuatro individuos armados y conducido a la Sierra de Crevillente, afirmándose que los bandidos pertenecían a la partida que capitaneó Jaime Alfonso. Transcurridos  dos días, Rocamora retornaba a su casa sano y salvo. Otros integrantes de la banda apelaron al rey pidiendo clemencia, como el aspense Francisco Martínez Cremades –Frasquito el de la Morera– argumentando que se adhirió a la partida de Jaime Alfonso sin considerar las consecuencias, guiado por la intensa devoción a la Corona y por el deseo de derribar la lápida constitucional de Aspe, acción que felizmente pudo consumar[11]. El 27 de agosto de 1824 Fernando VII le concedió el indulto.
Transcurridos dos siglos, la fraseología popular de algunos pueblos todavía perpetúa la memoria de Jaime Alfonso. A la hora de referirse a una persona amante de lo ajeno o que cobra precios abusivos por un producto, en los poblaciones de Aspe o Elche continúa utilizándose la expresión: ¡Ese es más ladrón que Jaime el de la Sierra!, en la villa de Crevillente  se utiliza la expresión: ¡A robar a la Garganta!


BIBLIOGRAFÍA Y DOCUMENTACIÓN.
ALFONSO EGEA, Enrique (2001): “El bandolerismo: la figura de Jaime el Barbudo”. Revista de Semana Santa, pp. 143-148. Crevillente.
ARCOS MARTÍNEZ, Manel (2009): “Aproximació als aspectes socials del Bandolerisme Vuitcentista Valencià: el cas d’oliva”. Revista Cabdells VII.
ARDIT LUCAS, Manuel (1977): Revolución Liberal y revuelta Campesina. Un ensayo sobre la desintegración del régimen feudal en el país valenciano (1793-1840).
CANDELA BELÉN, Juan (1984): “Crónica Crevillentina. Descendientes de la familia de Jaime Alfonso El Barbudo”. Rev. de Moros y Cristianos. Crevillente.
CONDE DE CARNARVON (1967): Viajes por la Península Ibérica, pp-100-105, Taurus.
ESCUDERO GUTIÉRREZ, Antonio (1982): “Jaime el Barbudo: Un ejemplo de bandolero social”. Estudis d¨Història Contempòrania del País Valencià. Universitat de València, 1982.
HERNANDEZ GIRBAL, Florentino (1968): Bandidos celebres españoles. Imprenta Depón. pp. 131-183.
-         Riesgos y Aventuras de Jaime el Barbudo.
LÓPEZ PÉREZ, Alejandro (2005): La novela histórica y de aventuras en torno al bandolero Jaime el Barbudo. Realidad y ficción, temas e influencias en las obras de Ramón López Soler, Francisco de Sales Mayo y Florencio Luis Parreño. Tesis de Doctorado
MARTÍNEZ ESPAÑOL, Gonzalo (2010): “El Barbudo celebra San Jaime”. Revista de Semana Santa. Crevillente.
MAS GALVAÑ, Cayetano (1987): Un documento inédito acerca de la muerte de Jaime el Barbudo, Revista de Semana Santa, pp. 119-125.
-         (2000) “Sombras en el siglo de las luces. A propósito del bandolerismo en el Crevillent del siglo XVIII.” Revista de Semana Santa. Crevillente
RAMOS VIDAL, Juan Antonio (1980): Bandolerismo en la Comarca del Vinalopó (1813-1840). Alicante.
SÁEZ CALVO, José (2007): Jayme Alfonso el Barbudo, Murcia.
SOLER PASCUAL, Emilio (2006): Bandoleros. Mito y realidad en el romanticismo español. Madrid.

            ARCHIVOS
Archivo de la Diputación Provincial de Alicante.
Archivo Municipal de Elche.
Archivo Municipal de Orihuela.
Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.
Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. (BVPH)





[1] ADPA,  Actas del pleno de la Diputación … fol. 122/v.
[2] Ídem, fol. 126/v.
[3] ESCUDERO GUTIÉRREZ, Opus Cit. p. 81.  HDBNE, El Universal, 29 de marzo de 1923; BVPH, Diario Constitucional de Barcelona, 7 de abril de 1823.
[4] Ídem.
[5] BVPH, Diario Constitucional de Barcelona, 9 de abril de 1823.
[6] BVPH, Diario Patriótico de la Unión Española, 21 de agosto de 1823.
[7] BVPH, Diario Patriótico de la Unión Española, 07 de septiembre de 1823.
[8] HDBNE, El Semanario Murciano, 16 de febrero de 1879.
[9] HDBNE, El Genio de la Libertad, 5 de diciembre 1839.
[10] A. M. O. Legajo D-149, doc. 14.

miércoles, 25 de agosto de 2010

El Barbudo celebra San Jaime / Gonzalo Martínez Español

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Con este segundo trabajo de Gonzalo sobre la figura de Jaime Alfonso El Barbudo, publicado en la Revista de Semana Santa de Crevillente del 2010, el blog se ha convertido casi sin pretenderlo en la principal fuente de información digital sobre el personaje, salvo (quizás) wikipedia y alguna otra enciclopedia. Me siento más que recompensado con este record y agradezco de nuevo a Gonzalo el  permitirme editar sus trabajos en digital. Espero que la cosa siga porque hay un montón de cosas compartidas entre Aspe y Elche que pueden resultar interesantes, me consta además que las conoce y las tiene estudiadas o en cualquier caso, que pueden publicarse con una mínima investigación previa: los canales de desviación del Vinalopó de Próspero Lafarga en 1906 o las relaciones de la industria alpargatera de las dos ciudades en esa misma época, por poner dos ejemplos significativos.

EL BARBUDO CELEBRA SAN JAIME


Gonzalo Martínez Español.


Las publicaciones crevillentinas han acogido diversos artículos en torno a la figura de Jaume el Barbut, abordando cuestiones relacionadas con su precipitada ejecución, la persistencia de Jaime en la literatura decimonónica, los descendientes de su parentela, etc.[i] Este artículo trae a colación una vertiente menos conocida del Barbut, la relativa a ciertas vivencias lúdicas acontecidas en julio de 1822, cuando Jaime y su cuadrilla se hallaban momentáneamente refugiados al abrigo de la Sierra de Crevillente.
            El pronunciamiento militar del general Riego en 1820, desencadenó la instauración de un régimen constitucional en España, Jaime Alfonso instó una petición de indulto al gobierno liberal en mayo de 1820, que fue denegada por las autoridades constitucionales en el mes agosto[ii]. Este rechazo condujo a que el Barbut y su cuadrilla se adscribieran a la causa absolutista durante el trienio liberal. Sin abandonar los robos y extorsiones que perpetraba a las clases más acomodadas de la comarca, Jaime desarrolló una prolongada campaña de acoso y persecución contra los liberales y sus familias. Al respecto, tenemos la petición de renuncia a su cargo, cursada  por el regidor oriolano Francisco López Campillo en junio de 1822, dirigida al jefe político superior de Murcia. Campillo manifestaba que la partida de José Alfonso, hermano del Barbut, raptó a su hijo primogénito en el mes de febrero, teniéndolo doce días en cautiverio, viéndose precisado a pagar un rescate de 40.000 reales en tres plazos, y teniendo que pedir prestado parte del dinero al no disponer de la suma total. A partir de ese momento, las tres partidas que estaban operando al mando de Jaime Alfonso, habían realizado repetidos intentos para tratar de capturarlo, obligándole a salir precipitadamente de Orihuela junto a su familia en diversas ocasiones, y forzándole a mudar de residencia a otra población. El acoso a que se veía sometido había agravado una enfermedad crónica que estaba padeciendo y le imposibilitaba para cumplir con sus obligaciones de munícipe en el ayuntamiento de Orihuela. Por todo ello, solicitaba que se le relevara de la responsabilidad y obligaciones del oficio de regidor[iii].
Ampliamente conocidas son las correrías de Jaime Alfonso en pos de concitar la sublevación de los círculos absolutistas, llevando a efecto incursiones armadas por los pueblos de  Alicante y Murcia, en abierto desafío al gobierno constitucional. En la primavera de 1822 Jaime se mostraba muy activo en tierras murcianas. Había  realizado un intento fallido de tomar Fortuna, y consumó sus irrupciones armadas asaltando el 19 de abril la población de Beniel y el día 23 Jumilla[iv], con el consiguiente destrozo de las lápidas constitucionales. El mismo 19 de abril, Javier Abadía, jefe político de Murcia, comunicaba al Cabildo oriolano que enviaba el batallón de Cataluña como refuerzo a esa ciudad para prevenir las tentativas de Jaime,  aunque no por ello, debía descuidar el mantenimiento de la milicia local. En otra misiva fechada al siguiente día, daba cuenta de que el conductor del correo que efectuaba el trayecto de Cieza a Murcia estaba desaparecido, sospechándose que era obra del Barbut, al que se le había visto con una partida de más de 100 hombres de infantería y 40 caballos en la partida de la Raja, entre Jumilla y Abanilla[v].
A comienzos del verano Jaime anduvo a las puertas de Murcia con una fuerza armada cercana a 500 hombres, siendo rechazados por las tropas liberales. Se había convertido en un abierto enemigo del régimen constitucional, cuyas autoridades habían promulgado un edicto fechado en 1821, estipulando una recompensa económica de 30.000 reales por la detención de Jaime, cantidad que descendía a 10.000 reales por la captura de cualquier miembro de la partida que estuviera más de 4 años, y  6.000 reales por los integrados en menor tiempo[vi].
            Entremedias de latrocinios y agitadas acciones antiliberales, el Barbut quiso congraciarse con sus paisanos crevillentinos, y con el apoyo de su amplia red de colaboradores, organizó un multitudinario festejo el 24 y 25 de julio de 1822, conmemorando el día de su santo. El convite se celebró en las inmediaciones de la Sierra de Crevillente, en el paraje del Camino del Marchante, a la altura del punto denominado Torretes, situado a ¼ de hora de la población de Crevillente.
Había transcurrido un mes desde la celebración de la onomástica de Jaime, cuando Francisco Más Pérez -alias el Fraile el Perdut-, segundo comandante de la partida de escopeteros afincada en Crevillente, que andaba a la zaga del Barbut y su gavilla, practicó las detenciones de los crevillentinos José Pérez de LLedó, Manuel Roch Pomares, y Joaquín Pérez Juan, acusados de colaborar con Jaime en los festejos de la Sierra. La autoridad militar acantonada en la población, abrió diligencias judiciales contra los detenidos, cuyo expediente se conserva en el archivo municipal ilicitano[vii].
            El proceso judicial vino a  prolongarse durante 8 meses, iniciándose el 3 de septiembre de 1822, con la toma de declaraciones a los detenidos. El teniente Pedro Martí -integrante del 1º batallón de Cataluña, ahora instalado en Crevillente-, actuó en calidad de fiscal, acudiendo a las cárceles municipales para interrogar a los imputados.
 Martí tomó declaración  a José Pérez de LLedó, de 39 años, el cual declaró que conocía a los hermanos Jaime y José Alfonso por ser vecinos de la villa, pero que no había tenido trato con ellos. Manifestó que en la vigilia de San Jaime estaba en su casa ensayando con su guitarra, y sobre las 8 de la noche se presentó José Fuentes alias el Bolero, vecino de la población que habitaba en una cueva de la rambla. El Bolero le intimó para que le acompañase con la guitarra hasta su casa-cueva, ordenándole subir por la cuesta de la vereda, encontrándose allí con Jaime Alfonso, Martellet y Manuel López que iban pertrechados con sus armas. Por exigencias del Barbut, José Pérez estuvo acompañando con la guitarra a Fuentes hasta las 11 de la noche, en presencia de una nutrida asistencia, ante la que Jaime Alfonso se arrancó como cantante, entonando unas coplas. Al concluir la velada, el Barbut le ordenó marcharse a casa y que al amanecer del día siguiente volviese al paraje de Torretes, so pena de perder la vida, -según detalló el procesado-. En  el día de San Jaime, José Pérez retornó a dicho paraje permaneciendo hasta el mediodía,  refiriendo que sobre las 10 de la mañana aparecieron en ese lugar 10 componentes de la cuadrilla de Jaime, éstos iban deteniendo a los transeúntes, llegándose a congregar gran afluencia de gentes. Entre las once y las doce de la mañana dio comienzo una concurrida comida, disponiendo el Barbut que el paisanaje se hiciera a un lado para que los bandidos pudieran acceder a las viandas, y a la orden explicita de Jaime: ¡Ladrones, vamos a comer!, se sentaron, repartiendo tiras de pan entre los comensales. Concluida la comida, Jaime dispuso que las gentes convocadas se marchasen, ya que su cuadrilla iba a encaminarse hacia la Sierra, por temor de que vinieran los milicianos, que rondaban por las cercanías de Orihuela.
            Joaquín Pérez Juan, barbero de 32 años, atestiguó que tras haber asistido a la misa de las 6 de la mañana, unos amigos le dijeron si quería ir a comer higos chumbos al paraje del tío Marcelo. De vuelta a su casa, transitando por el alto de Torretes en torno a las 7 y ½,  fue interceptado por el Barbudo, que le retuvo hasta las doce, participando en la comida con mucha gente allí convocada. Estaba acusado de colaborar con los facciosos encargados de guisar la comida, a los que les llevó unas cargas de agua.
            Manuel Roch Pomares, esterero de 32 años, manifestó que únicamente conocía a José Lledó, alias Martellet. En ese día salió a buscar una hierba llamada sevillana para curarse un brote de fiebres que estaba padeciendo, y al pasar por Torretes fue detenido por los bandoleros, permaneciendo acostado en tierra hasta la una del mediodía. Se le inculpaba de colaborar con los facinerosos, y de haberles suministrado comida en anteriores ocasiones.
            Tras la toma de declaraciones a los procesados, el teniente instructor requirió al alcalde crevillentino José Pascual, a fin de que informara sobre la conducta que mantenían los detenidos en la población. En ese día, los vecinos Antonio Lledó, Manuel Gomis, Francisco Hurtado y José Candela, con pareceres unánimes, expresaron que los acusados sostenían una conducta sospechosa y de holgazanería, siendo espías de los bandidos, habiéndoseles visto en tratos con ellos, además de ser partícipes en la fiesta celebrada por Jaime en el día de su santo. José Pérez de Lledó había estado dos veces en la cárcel y no tenía oficio conocido. Manuel Roch era cuñado de Martellet, fue tachado de perenne espía de los facciosos y sin trabajo acreditado. A Joaquín Pérez  se le calificaba igualmente de haragán y confidente, formaba parte de la parentela de Jaime Alfonso, siendo primo hermano del Barbudo.
El 11 de septiembre se tomó segunda declaración a los detenidos. A José Pérez se le solicitó detallar a qué hora habían llegado sus compañeros arrestados a Torretes, detalle que no pudo precisar. Si bien, sí se había percatado de que los facinerosos coaccionaron a Joaquín Pérez, a fin de que tomara un burro y fuese a la casa del tío Marchante, con el objeto de transportar dos cargas de agua. José Pérez confirmó que había sido detenido en dos ocasiones, una siendo mozuelo a causa de realizar un transporte de tabaco ilegal, la otra, tras una leva de vagos en Valencia. El segundo imputado, Joaquín Pérez, manifestó haber arribado a Torretes en torno a las 7 y ½,  no advirtió la llegada de Manuel Roch, permaneciendo retenido en dicho lugar. Corroboró que los bandoleros le requirieron para tomar un burro, y le obligaron a realizar un transporte de agua a la casa del tío Marchante, en cuyo  trayecto de ida y vuelta empleó una hora. En su testimonio, declaró que algunos de los sujetos que le acompañaron a comer higos fueron Pascual Berenguer y un individuo apodado el Viejecito. Asimismo, negó que hubiera sido confidente de los bandidos, y que el sustento diario lo obtenía  como barbero afeitando, fabricando algunos pares de alpargatas de esparto, y en labores agrícolas cuando tenía trabajo. El tercer imputado, Manuel Roch, manifestó haber llegado a Torretes en torno a las nueve, habiendo subido a la sierra en horas tardías de verano, por la necesidad que tuvo de recoger unas hierbas para remediar su dolencia. Desmintió que hubiera participado en la multitudinaria comida por hallarse tumbado en el suelo padeciendo una subida de fiebre, negando igualmente que fuera acólito de los bandoleros.
Continuaron los interrogatorios a lo largo de la jornada, el fiscal Martí tomó declaración a Francisco Berenguer conocido por el sobrenombre de Pascual, soldado en la segunda compañía del Regimiento de Infantería de Málaga instalado en la villa. El recluta confirmó que en el día de San Jaime había acudido con varios sujetos a comer higos de pala a la LLoma Marica, tras haber oído misa a las 5 de la mañana. Al retornar, les salieron al paso Jaime Alfonso, Martellet y Jarique, reteniéndolos y ofreciéndoles aguardiente para beber. En su testimonio ratificó la gran afluencia de asistentes: “pues parecía por la mucha gente una fiesta[viii], reparando únicamente en la presencia de unas mujeres que guisaban la comida, una llamada Margarita y la otra su hermana, conocidas por el apodo de las Guijarras. Advirtió que sus compañeros detenidos se encontraban presentes en el festejo, desmintiendo que fuera acólito de los bandoleros de la Sierra
            El otro guitarrita implicado, José Fuentes, compareció ante el fiscal militar el 27 de septiembre. Declaró que conocía a los hermanos Jaime y José Alfonso, también a Antonio Penalva por ser vecinos de la villa, pero que no había tenido trato con ellos por permanecer habitualmente fuera de la población. Confirmó que estuvo tocando la guitarra en la velada de la vigilia de San Jaime, apremiado por Jaime Alfonso y Penalva, pues los susodichos acudieron a su casa, obligándole a levantarse y marchar en busca de José Pérez de Lledó, que de igual forma, intimado por las amenazas, acudió con su guitarra a las inmediaciones de la vivienda de Fuentes, en la llamada  Vereda del Pla, donde se encontraban El Barbut y los suyos. En esa noche tocaron la guitarra, Jaime cantó dos coplas en presencia de un grupo de 7 u 8 mujeres acompañadas con criaturas. Concluida la velada, el Barbut les intimó para que al día siguiente tornaran a Torretes, a fin de animar el festejo con sus guitarras. En el día de San Jaime asistieron juntos al mencionado paraje en torno a las 7 de la mañana, pero permanecieron sin tañer los instrumentos, ya que lo estaban ejecutando varios mozos allí congregados. Sobre las once de la mañana, llegaron montados a caballo 5 integrantes más de la cuadrilla, entre ellos José Alfonso, reteniendo a todos los que circulaban por las inmediaciones. En torno a las doce, los bandoleros comieron juntos, y concluido el banquete, repartieron la comida sobrante entre los muchachos. Jaime alentó a los asistentes para que se marcharan, pues podrían venir las partidas que andaban persiguiéndoles. Estando en aquel lugar le sobrevino un ataque de fiebres tercianas, y permaneció echado bajo un algarrobo sin reconocer a nadie, ratificando las declaraciones hechas por Joaquín Pérez y Manuel Roch.
            Las diligencias judiciales prosiguieron. El fiscal ordenó que el alguacil de la villa citara a testificar a Margarita Lledó de Pérez, una de las hermanas Guijarras, consorte de José Pérez de Lledó. En su testimonio, Margarita negó conocer al Barbudo y su banda, pues había residido un prolongado tiempo fuera de la villa con su marido, vendiendo esteras en Valencia. Desmintió haber cocinado junto con su hermana para Jaime, al tiempo que su esposo tocaba la guitarra, pues en ese día permaneció en su casa, alegando que no hubiera podido realizarlo por su cortedad de vista. Confirmó que su marido fue requerido por José Fuentes para que le acompañara a tocar la guitarra a los de la Sierra. Tras tomarle declaración, el fiscal ordenó que se encarcelara a José Fuentes.
María Lledó de Gómez, otra de las Guijarras, compareció ante el fiscal el 28 de septiembre. Era viuda de Antonio Gómez, de 50 años de edad. Expresó que conocía a Jaime antes de dedicarse a robar, y que no había tenido trato con José Alfonso ni con la banda. Rechazó que estuviese guisando la comida para los bandoleros, ya que estuvo vendiendo en la Plaza durante toda la mañana, permaneciendo el resto del día con sus hermanas. Seguidamente compareció Isabel Lledó, soltera de 26 años, la menor de las hermanas Guijarras. Igualmente rechazó haber preparado la comida, negando cualquier contacto con los bandoleros, ausentándose  de su casa únicamente para ir a misa.
Las hermanas Guijarras quedaron exculpadas tras las declaraciones de varias vecinas que vivían contiguas a sus domicilios. Teresa Fernández y María Antonia Gómez testificaron a favor de Isabel LLedó, confirmando que la vieron entre las 10 y las 12 de la mañana, sentada a la puerta de su casa, e incluso María Antonia puntualizó que Isabel le guardó el niño durante un rato. Dos días después, María Antonia Aznar, señaló que María estuvo vendiendo en la plaza hasta la una del mediodía, y posteriormente pasó por su casa parar buscar algo de aceite. Francisca García refrendó que María y Margarita no habían  estado guisando en Torretes, ya que las vio sobre las diez de la mañana en sus domicilios, y nuevamente al mediodía. María Más ratificó haber visto a las tres hermanas en la puerta de su casa a primera hora de la tarde.
A principios de octubre se citó a varios testigos para informar sobre la conducta de José Fuentes. Comparecieron Esteban Serna, guitarrero y Francisco Gómez, e indicaron que José Fuentes mantenía una conducta recta sin tener trato con los facinerosos. De igual modo, Manuel Roch aportó varios testigos para probar su inocencia. Uno de ellos, Joaquín Ramón, vecino de la calle, afirmó que Roch estuvo mucho tiempo en Madrid y Valencia vendiendo esteras, hacía unos seis meses que había regresado a Crevillente, volviéndose de nuevo a marchar. En cuanto a la actitud que mostrada en el municipio era honesta, sin tener contacto con los facinerosos de la Sierra. Argumentos que fueron reiterados por José Maciá, Vicente Pérez y Salvador Alfonso en pro del Bolero.
Tras revisar la información plasmada en el sumario, el fiscal Pedro Martí dictaminó que los reos, dada su condición de civiles, debían trasladarse al juez de primera instancia de Elche, veredicto que fue ratificado el 12 de octubre por Francisco Jaramillo, comandante del cantón militar de Crevillente. La causa judicial y los detenidos fueron transferidos a la audiencia ilicitana.
El juez de primera instancia de Elche designó fiscal del sumario a Antonio Botella. Una vez revisado el expediente, Botella consideró que dicho proceso era competencia del juzgado militar asentado en Crevillente, destinado específicamente a la persecución del Barbudo y sus secuaces, pues al amparo de la ley de excepción promulgada el 26 de abril de 1821, dicho tribunal militar tenía jurisdicción sobre todo tipo de delitos. El juez de 1ª instancia dispuso que el expediente y los acusados volviesen a Crevillente. Ante la inhibición del juzgado ilicitano, el comandante Jaramillo instó un oficio al comandante general del 8º distrito militar concerniente a Valencia, cuyo auditor de guerra, interpretando la ley de 26 de abril, aseveraba que los tribunales militares únicamente juzgaban a los conspiradores que fuesen detenidos o hiciesen resistencia a alguna partida de tropa, y que las restantes incidencias eran competencia de la jurisdicción ordinaria, tal como sucedía en este asunto. Por tanto, el comandante del distrito militar de Valencia remitió los autos al comandante Jaramillo, y éste de nuevo los tramitó al juzgado de 1ª instancia de Elche a finales de diciembre, siendo esta vez aceptados por el juez ilicitano.
El magistrado ilicitano estaba ocupado en diversos asuntos que requerían su atención, lo que demoró la toma de declaraciones a los inculpados. El 18 de febrero de 1823, Ginés Ganga juez y primer alcalde de Elche procedió al interrogatorio de los reos, recluidos en la prisión de la casa palacio ilicitana. El escribano leyó el sumario a los inculpados José Pérez de LLedó, Joaquín Pérez Juan, Manuel Roch Pomares y José Fuentes, que se reiteraron en sus declaraciones antecedentes, a la vez que se exculparon por no haber dado parte a la Justicia, ante el temor y las amenazas recibidas por cuenta de Jaime Alfonso y su cuadrilla.
Los cuatro acusados elevaron una petición al juez solicitando la excarcelación, al considerarse inocentes, pues habían transcurrido siete meses en prisión, y sus familias estaban necesitadas del sustento diario que ellos les proporcionaban como braceros del campo. El juez dictaminó que prosiguieran las indagaciones con los detenidos, nuevamente sometidos a interrogatorio el 26 de febrero. Tras el segundo interrogatorio el promotor fiscal les acusaba abiertamente de ser amigos y espías de los facinerosos de la Sierra, y de haber acudido de modo voluntario al convite del día de San Jaime y a los eventos de su víspera, proponiendo que salvo José Fuentes, los restantes reos fueran condenados a 4 años de confinamiento en el distrito de la provincia de Xátiva, de donde no podrían salir sin incurrir en la pena de prisión en un castillo o fortaleza por idéntico tiempo. El fiscal Ripoll consideraba que José Fuentes no era asiduo colaborador del Barbudo, y que con la prisión sufrida había redimido suficiente castigo, recomendando ponerle en libertad.
El juez instructor decidió que los acusados continuaran en prisión, y el 13 de marzo traspasó la instrucción judicial a Jaime Más, alcalde y juez crevillentino, a fin de que los testigos que habían declarado en los autos, confirmasen las aserciones realizadas. La totalidad de testigos se ratificaron en sus afirmaciones, salvo los que se encontraban ausentes de la villa. Nuevamente, los detenidos revalidaron sus declaraciones precedentes, quitando validez a los testigos que se pronunciaron en su contra, afirmando que sus acusaciones eran genéricas sin ninguna autentificación, cargadas de malicia y faltando a la verdad. Joaquín Pérez precisó que los testigos de oficio que depusieron en su contra, formaban parte de la partida de Josef Quesada, atareada en perseguir a Jaime Alfonso. Además, esgrimía a su favor, -quizá con algo de exageración- que sólo fueron detenidos los cuatro procesados cuando a la fiesta de Jaime había asistido una multitud:
…se me acrimina de haber concurrido al convite o festín que dio Jaime Alfonso en el punto de Torretes, según noticias se puede decir concurrió la tercera parte del pueblo de Crevillente, y no se citan a otros más que a mí y a los que resultan procesados en los presentes autos, siendo así que algunos otros concurrían por ser vecinos de dicho pueblo de Crevillente…
Los inculpados pidieron presentar nuevos testigos que testimoniasen a su favor. Margarita Lledó, esposa de José Pérez, facilitó varios testigos de probanza, que testificaron el 3 de abril de 1823 ante el juez de Elche. Los declarantes Antonio Cerdá, Tomás Serna, Antonio Ramón de García expresaron que José Pérez no había tenido relación con Jaime Alfonso, manifestando que era hombre de bien, de recta conducta en la villa y respetuoso con las autoridades. Al día siguiente, Isabel Ana Pomares, madre de Manuel Roch, aportó como testigos a Francisco Más de Soriano, Salvador Alfonso de Pastor, Antonio Cerdá de Soler que afirmaron tenía un comportamiento honrado, y creían que no tenía trato con el Barbudo. Francisco Torres por encargo de Joaquín Pérez Juan proporcionó como declarantes a Antonio Cerdá de Soler, Joaquín Juan Martínez, Josef Manchón de Manchón, que se pronunciaron en el mismo sentido.
            Finalmente, el juez ilicitano, Francisco Pascual Andrés, dictó sentencia definitiva el 21 de abril de 1823. El veredicto fue de absolución para los 4 detenidos, no sin antes recriminar a los inculpados, haciéndoles hincapié en que habían recibido un justo castigo tras 9 meses de confinamiento carcelario, que les tendría que servir de apercibimiento para no recaer en nuevas complicidades con el Barbudo, debiendo de abonar las costas del juicio una vez tasadas. Los detenidos fueron excarcelados el mismo día del pronunciamiento de la sentencia, cuando el advenimiento del absolutismo fernandino era inminente, ya que el duque de Angulema había cruzado los Pirineos el 7 de abril, al mando de los Cien mil hijos de San Luis con el fin de restituir a Fernando VII en el trono.
No cabe duda, que los procesados formaban parte del colectivo que daba sustento a Jaime, y que sus argumentos justificativos de hallarse fortuitamente presentes en la fiesta del Barbut, resultaban poco convincentes. No obstante,  las declaraciones exculpatorias de un amplio número de testigos –en su gran mayoría simpatizantes o encubridores de los bandoleros-, inclinaron el veredicto del juez hacia una sentencia absolutoria.
Por otro lado, Jaime y su cuadrilla continuaron con sus incursiones bélicas por los pueblos. En la tarde-noche del 19 de agosto de 1822, los hermanos Alfonso perpetraron su entrada en los poblaciones de Novelda y Aspe. La cuadrilla que asaltó Aspe iba comandada por José Alfonso, que siguiendo su acostumbrado procedimiento,  abatieron la lápida constitucional colocada en la fachada del Ayuntamiento, aclamaron al rey absoluto y la religión, y dieron libertad a los presos retenidos en la cárceles[ix]. El 12 de octubre, Jaime asaltó la cárcel de Albatera liberando a los reclusos retenidos. Las acciones del Barbudo comenzaron a remitir a finales de año, y buscando obtener la amnistía promulgada por la Cortes el 18 de febrero de 1823, se entregó a las autoridades constitucionales de Jumilla el 15 de marzo de 1823.
A modo de conclusión, podemos resaltar algunas cuestiones significativas contenidas en la causa judicial. El sumario nos permite reproducir algunas vivencias cotidianas de Jaime y su banda en la Sierra, faceta que resulta poco corriente en la documentación. Asimismo, los festejos del día de San Jaime, nos dejan entrever algunos rasgos del mítico bandolero, su temple de líder carismático, capaz de convocar  a un enorme grupo de convecinos en las inmediaciones de la sierra crevillentina, -pese al riesgo de ser detenidos-, a la que vez que Jaime hace gala de un carácter cordial y cercano a la comunidad social que le apoya, cantándole unas coplas y compartiendo la comida. También, encontramos un considerable número de vecinos de Crevillente enumerados en el proceso judicial, así como, varios componentes de la gavilla de Jaime: José Alfonso, Martellet, Jarique, Manuel López, Antonio Penalva, etc., detalle que nos permite contrastarlos con los relatos literarios. Y de manera especial, el sumario refrenda el enorme apoyo social que el Barbut recibía de sus paisanos crevillentinos, cuya extensa red de espías y colaboradores estaba extendida a varios pueblos de la comarca. Este soporte de cómplices y confidentes resultaba indispensable para la supervivencia de Jaime y su cuadrilla en la Sierra,  le permitía anticiparse a sus perseguidores y le volvía enormemente escurridizo y prácticamente invulnerable. A la par, le suministraban cobertura logística de víveres y municiones, como constata el expediente al referir una causa abierta contra el facineroso Fava: “por haber obligado a dos hombres a llevar municiones a los de la Sierra en el Viernes Santo”.
 La frustración y desesperanza que sentían las autoridades constitucionales ante la imposibilidad de capturar a Jaume el de la Serra, aparece reflejada en las palabras del fiscal ilicitano:
Que los reos contra quienes se procede en dicha causa, son de la clase de criminales de que por desgracia tanto abundan [en] los pueblos de este reino, y los mismos que con sus noticias y espionaje, frustran y eluden la vigilancia y celo del gobierno en la destrucción o captura del ladrón y faccioso Jayme Alfonso y sus socios…[x]

           


Material adicional al citado en la primera entrada dedicada

Una biografía comentada:

Citado como personaje de Abanilla:

La Ermita de San Cayetano, donde el Barbudo acudía a purgar sus pecados, en restauración, en un blog por lo demás alucinante, que recomiendo y del que sacaré  alguna otra cita en próximas entradas:

Noticia entresacada de la curiosa web del grupo antimilitarista de Elche:
http://www.nodo50.org/tortuga/Jayme-El-Barbudo-entre-la-historia

Reproducción de la portada de un pliego de cordel dedicado

Todas las entradas del blog dedicadas a Jaume el Barbut, pulsando aquí


[i]  Entre los diversos artículos podemos consultar en la Revista de Semana Santa: .- 1987  MAS GALVAÑ, Cayetano: Un documento inédito acerca de la muerte de Jaime el Barbudo,  pp. 119-125. -2001  ALFONSO EGEA, Enrique: El bandolerismo: la figura de Jaime el Barbudo pp. 143-148. En la Revista de Moros y Cristianos: 1974  SEMPERE CONGOST, José: Jaime Alfonso el Barbudo personaje novelesco, s/p.- 1984 CANDELA  BELÉN, Juan: Crónica Crevillentina: Descendientes de la familia de Jaime Alfonso s/p.- 1989  GÓMEZ NIETO, Daniel: Jaime Alfonso, “El barbudo”, boceto para un estudio, s/p.- 1993   PELÁEZ MARTÍN, Andrés: Jaime el Barbudo: Algunas reseñas literarias, pp. 158-159.
[ii]  ESCUDERO GUTIÉRREZ, Antonio: Jaime el Barbudo: Un ejemplo de bandolero social. Estudis d¨Història Contempòrania del País Valencià. Universitat de València, 1982, pp.76-77.
[iii] Archivo Municipal de Orihuela. Legajo 2135,  doc.  nº 248. Petición de Francisco López Campillo al jefe político de Murcia, solicitando le releve del cargo de regidor oriolano. Murcia, 13 de junio de 1822.
[iv] SÁEZ CALVO, José: Jayme Alfonso el Barbudo, Murcia, 2007. p 134.
[v] A.M.O. Legajo 2135 doc. 1 y 2. Cartas de Javier Abadía al Cabildo de Orihuela. Murcia 21-22 de abril de 1822.
[vi] Archivo Municipal de Elche. Legajo H–105, doc. nº 29. Gobierno Político Superior de Valencia. Su majestad concede a Juan Navarro, de la milicia de Novelda 10.000 reales, por haber dado muerte al famoso bandido Marrana, de la partida de Jaime Alfonso. Valencia ,7 de agosto de 1821.
[vii] A. M. E. Legajo E-31. Proceso judicial a varios vecinos de Crevillente por colaboración con Jaime el Barbudo. Septiembre de 1822-Abril 1823.
[viii] A. M. E. Ídem.
[ix] A. M. O. Legajo 149, doc. nº 232. Informe de la Justicia de Aspe sobre la conducta de  José Más, vecino de Crevillente. Aspe, 18 de mayo de 1824.
[x] A. M. E. Legajo E-31 s/f.



Que un cráter lunar se llame Perito en Lunas Miguel Hernández