martes, 10 de junio de 2014

El proyecto de conducción de aguas de Boriza y Urchel a Elche en el XVIII

En una entrada anterior ya hice referencia a la interesante labor llevada a efecto por la cátedra de Historia Moderna de la UA y a los artículos de Adrián García Torres. Visto  el contexto histórico e ideológico en el que se manifiesta la necesidad de traer aguas potables a la ciudad, hoy toca reproducir el segundo de los artículos citados en el que se narran los pormenores del frustrado intento de hacerlo a partir de las fuentes de Boriza y Urchel de Aspe. Se reproduce el artículo sin resumir, aunque parcialmente vaciado de notas. Así que como siempre, quien quiera hacer una lectura detenida debe acceder al original 
Citas:
Enlace a la ficha catalográfica de la biblioteca digital del CSIC.
El artículo está disponible en digital en la edición electrónica de la obra multimedia CAMPO Y CAMPESINOS EN LA ESPAÑA MODERNA CULTURAS POLÍTICAS EN EL MUNDO HISPANO / María José Pérez Álvarez Alfredo Martín García (eds.). 
Se puede acceder directamente al artículo pulsando sobre el título más abajo. 
Para terminar, aunque ya se dijo en la entrada anterior, el artículo nos deja justo antes de que se inicie la conducción de aguas potables de Barrenas y Romero por el Obispo Tormo. En una entrada futura se hará una valoración de la utilidad de la obra y los resultados con citas textuales de Cavanilles y de D. Pedro Ibarra. 

Remedios técnicos a la sequía y esterilidad en las tierras meridionales valencianas: El fracasado proyecto de conducción de agua potable de las fuentes de Boriza y Urchel a la villa de Elche en el siglo XVIII  / Adrián García Torres

Resumen La falta de agua para el riego y abastecimiento humano ha sido durante siglos uno de los mayores problemas a los que tuvo que hacer frente Elche, una de las villas más pobladas del antiguo Reino de Valencia.
Durante el setecientos, y, sobre todo, desde mediados de la década de los setenta con el ascenso de Floridablanca a la primera secretaría de Estado, se desarrollaron diversas tentativas para paliar este histórico déficit. El objetivo de la comunicación es dar a conocer el plan de encauzamiento desde las partidas de Boriza y Urchel así como los factores climáticos que lo llevaron a la cancelación por parte del Consejo.
Introducción
El déficit hídrico en las tierras del sur valenciano es una problemática que llega hasta nuestros días. Así pues, desde centurias previas se desarrolló un constante ímpetu de abrigar los insuficientes caudales de ríos, afluentes, fuentes y lluvias mediante la construcción de diversas infraestructuras hidráulicas con el fin de obtener recursos para el riego y el consumo humano.
La villa de Elche dependía de la escasa agua que descendía desde el cauce alto del río Vinalopó, río menor con 89.5 km de longitud que se nutría de las montañas, ramblas, sobrantes del riego de Villena, fuente del Chopo y de su afluente, el Tarafa. Ahora bien, al cruzar el curso de la rambla por terrenos salitrosos, el líquido pasaba a ser perjudicial. La situación se convertía en más peliaguda, pues los ilicitanos, al contrario que el resto de sus vecinos, no disponían en su término municipal de ningún nacimiento que les aportara este elemento fundamental para la vida. A lo que se sumaba la inexistencia de una distinción entre las conducciones, puesto que el caudal que procedía del Vinalopó, se dividía entre la acequia Mayor (nueve partes), la de Marchena (dos partes) y la restante destinada al abastecimiento de las fuentes urbanas saladas. Por lo que el uso de aljibes privados, en manos de los más pudientes, así como los casi agotados públicos, fueron el modo más extendido de hacer frente a este escollo. A tenor de todo lo tratado, no es de extrañar que debido a la carencia generalizada de agua durante siglos, las poblaciones del cauce medio y bajo del río Vinalopó pugnaran entre sí por su dominio.
Aspiraciones previas durante el siglo XVIII
Con este contexto se inauguró el setecientos, marcado en sus primeros años por las terribles repercusiones del conflicto sucesorio unidas a un duro período de esterilidad que se inició a mediados de 1718, el cual se mantuvo durante toda la década siguiente. A la estrechez derivada de las malas cosechas, se añadió el descenso de grano de ultramar a causa del foco pestilente de Marsella así como la obligación de aportar fondos públicos municipales en los conflictos bélicos de la Corona. Por lo tanto, esta coyuntura se tradujo en una dificultad de acudir al pago de las contribuciones reales y, por otro lado, en la escasez del aforo de los aljibes y del pantano.
La precaria tesitura fue el pistoletazo de salida a los primeros esfuerzos que tenían la finalidad de poner remedio a este histórico mal. En 1720, se llevó a cabo una relación con el objetivo de desecar las dañinas aguas estancadas de la laguna de Villena y, de esta manera, poder irrigar de forma continuada los campos y huertas; sin embargo, se encontraron con las contras de las villas de tránsito del Vinalopó temerosas de las repercusiones de las aguas pútridas que discurrirían. Poco después, se obtuvo en 1722 el permiso de la vecina Monforte del Cid para trasladar un pozo de manantial ubicado en Orito tras cuatro años de persistente sequedad. Asimismo, se llegaron a redactar en 1726 los capítulos de arrendamiento destinados a conducir la fuente de Baladre de la villa de Aspe. No obstante, todas las aspiraciones tratadas quedaron en papel mojado.
La constante falta de chubascos continuó establecida en el territorio valenciano durante la siguiente década, traducida en constantes penurias agrarias. Por lo que no sorprende que el consistorio ilicitano acudiera a la petición de rebaja o condonación de los impuestos reales en 1731 y 1735. En 1736, J. Chornet intentó aprovechar este lance a través de una extravagante proposición relativa a dirigir los remanentes que descubriera en el término de Yecla. La cantidad de incógnitas que generaba y las pocas expectativas de que llegara a buen puerto, provocaron que la junta, formada por miembros de los ayuntamientos de Elche, universidad San Juan y representantes del clero, se negara en rotundo a aceptar las condiciones presentadas.
Los estragos se prolongaron desde finales de los cuarenta y siguientes, subrayando la sequía general que afectó a la Península entre 1749-1753, acompañada de otros episodios meteorológicos de signo extremo, los cuales inocularon un creciente malestar social ante las constantes desgracias y la presión fiscal. A esta dinámica no escapó Elche, pues el estado de miseria aumentó tras la avenida del 31 de octubre de 1751, porque las anheladas precipitaciones se materializaron en un aguacero que destruyó las acequias de riego, la rafa de la Casa de las Tablas y dejó en desuso el pantano. Es decir, a la falta de agua se sumaba la merma de las infraestructuras hidráulicas.
Con este panorama, en 1756 se visitó por primera vez la fuente de Urchel en Aspe, pero no se llegó a poner en práctica una valoración de los costes. A lo que prosiguió en 1760 un nuevo intento de avenar la laguna de Villena por parte de Marcos Evangelio, pero al igual que el anterior, quedó durante años bloqueado en pleitos con el resto de poblaciones del curso del río Vinalopó.
El proyecto de traslado de agua potable desde Boriza y Urchel a la villa de elche 
Un nuevo impulso a las redes de agua potable en las comarcas del Vinalopó
Desde los setenta, el número de obras hidráulicas dirigidas a abastecer los núcleos urbanos fueron mayores que las dedicadas al riego, dadas las necesidades que subyacían del crecimiento poblacional desarrollado durante toda la centuria. Además, este período coincidió con la llegada de Floridablanca a la primera secretaría de Estado, y su deseo reformista se convirtió en un punto a favor a la hora de impulsar este tipo de operaciones. Sin embargo, el murciano encontró en el clima otra de las cortapisas a su política de desarrollo económico, ya que en este marco temporal la perturbación climática conocida como Maldá, caracterizada por la repetida frecuencia de episodios de sequía y lluvias de alta intensidad horaria en el Mediterráneo occidental, se aproximaba a su etapa de mayor incidenciai.
De este modo, encontramos diferentes intervenciones coetáneas en las comarcas del Vinalopó vinculadas a nuevas conducciones o mejora de las mismas, aunque muchas veces relacionadas con ruinas derivadas de eventos hidrometeorológicos extremos. Así, los eldenses invirtieron 1.300 libras en las reparaciones de los conductos de agua potable dañados por los temporales de finales de 1777 y 1778, pues provocaban diferentes enfermedades. En 1780, Petrer solicitó al Consejo renovar la red de abastecimiento público porque, además de encontrarse deteriorada, surcaba terrenos al aire libre que dañaban y evaporaban el líquido. Bocairente expuso los mismos motivos con la finalidad de poner en práctica una nueva cañería. La necesidad de agua dulce en Novelda se plasmó en 1786 con el plan de Fuente de la Reina, mas su alto coste fue un duro escollo. Pero sin duda alguna, los mayores esfuerzos los hallamos en la villa de Elche, ya que en una población de casi 5.000 vecinos el recurso de las cisternas era cuanto menos insuficiente. Precisamente, en el último cuarto de siglo encontramos diferentes proyectos con el afán de paliar este aprieto, tales como el de Boriza y Urchel (1775-1783), el de crear nuevos depósitos pluviales en la villa por Francisco Torres Llofriu (1776) o el de Barrenas (1783-1789) que, a la postre, se convertiría en realidad tras largos años de penurias.

Actual Fuente y balsa del Hermano (Boriza)
La búsqueda de fuentes en el término municipal de Aspe: el plan de conducción desde Boriza y Urchel
Tras unos nefastos años sesenta en el territorio español y en especial en el sur valenciano, el nuevo decenio no hizo más que acrecentar las carencias que se arrastraban. El otoño de 1771 fue el punto de partida de un largo período de calamidades en el municipio de Elche, puesto que la prolongada aridez se acompañó de episodios de lluvias torrenciales, heladas y epidemias de tercianas que no hicieron más que agravar la complicada coyuntura.
El ciclo agrario entre 1772-1775 estuvo marcado por unos rendimientos cerealícolas casi nulos; la falta de carne para el abasto ante la inexistencia de pastos; la marcha de muchos jornaleros a lugares cercanos en una búsqueda desesperada de trabajo para alimentar a sus familias; y la llegada de epidemias debido a la mala alimentación y el consumo de agua salobre del río. Estas circunstancias se tradujeron en la súplica de rebaja o condonación del equivalente en 1774 y acudir de manera constante al socorro que ofrecía la religiosidad popular por medio de las rogativas pro pluvia, que demandaban al Altísimo la bendición de los campos.
La asfixiante realidad llevó al señor de la villa, duque de Arcos, a intentar tomar algunas medidas para mitigar tantas desdichas, por lo que aprovechó que el cercano pueblo de Aspe, conocido por las ricas fuentes que afloraban en su territorio, pertenecía también a su jurisdicción.
En consecuencia, ordenó, a principios de noviembre de 1774, a su administrador en Elche, Pedro de Leguey, que reconociera los terrenos de la localidad vecina. Sin dilación, éste pasó acompañado de Francisco Morel, agrimensor, Francisco Morel, cantero, y Josef Gonzálvez, alarife, a cumplir con este cometido.
El primer análisis de esta expedición fue en los manantiales de la Teja y de Baladre, próximos a la lengua del río Vinalopó. Tras probar el agua “se reconoció que aunque al principio sabía bastante bien, que no podía tener permanencia su dulzura” y que no brotaba en una cantidad suficiente. A lo anterior, se sumaba que el terreno era fácilmente inundable con cualquier avenida y que, para colmo, ésta aportaría componentes salitrosos. Tras este fallido intento, los comisionados reconocieron los veneros más importantes de la población, donde sobresalía la abundante Parada de la Arena, explotada en la huerta del Aljau. La última visita se efectuó en un barranco situado en el partido de Boriza, puesto que un práctico de la localidad defendía “que aseguraba una teja de agua si se aplicaba a limpiar y mondar el sitio y a descubrir a poco coste su nacimiento”. Una vez en el lugar, encontraron que la cantidad de flujo que emergía era pobre; sin embargo, éste disfrutaba de gran dulzura y calidad.
La valoración de los enviados no ofrecía dudas: la opción más idónea era la Parada de la Arena, que distaba en dos leguas y media y produciría cuatro caños de manera perenne. Aunque el conflicto que podía surgir con Aspe relativo a su propiedad podía frenar toda ambición de los ilicitanos. Por consiguiente, la opción de Boriza ganaba más enteros, ya que estaba en desuso, sería una obra barata, se encontraba más cerca de la población y la única actuación necesaria era ejecutar una excavación para que aumentara su caudal.
Una vez que el poder municipal fue advertido de todas las gestiones anteriores, el duque quiso conocer su opinión acerca de qué idea le parecía más factible para proveer del líquido elemento a los habitantes. Tras un largo debate, el cabildo llegó a la conclusión de que si bien, la opción de la laguna Villena era la preferida, a pesar de estar estancada durante años en el Consejo, el traslado desde Aspe no cerraba la puerta a que ambas aspiraciones se materializaran.
Obtenido el visto bueno de ambos poderes era el momento de plantear uno de los pasos más complicados: ajustar los medios de financiación. La propuesta del amo territorial fue un método mixto entre ambos interesados, él pagaría de sus bienes y los vecinos mediante censo aprobado por el Consejo. Con la finalidad de llevar a cabo las negociaciones, Pedro de Leguey se reunió con los representantes del poder local, Francisco Soler Ruiz, regidor primero, y Salvador Sánchez, síndico personero. Durante el encuentro en la casa palacio comenzaron las primeras rencillas, pues la villa no quería incorporar más cargas de censos sobre los propios al estar obligados a finiquitar los que tenían pendientes. Como alternativa, los comisionados locales sugirieron que la alta institución cediera el sobrante de propios y arbitrios, que interinamente se suspendiera el pago de censos y, en último lugar, se abriera la posibilidad de acceder al dinero producido en el arriendo anual de los Saladares, el cual permanecía congelado debido al pleito entre el señor y la villa acerca de su propiedad25. El duque aceptó estas condiciones, salvo, como era de esperar, el uso del fondo de saladares26. Alcanzado el acuerdo, deberían comenzarse las pertinentes diligencias y justificaciones para adquirir la gracia real.
Pese a las rápidas decisiones iniciales, la nueva entrevista entre las dos partes no se produjo hasta el 9 de julio de 1775, tras una primavera sin noticias del cielo. La cuestión principal fue poner sobre la mesa los primeros impedimentos que pudieran surgir para encaminar los sobrantes de Aspe al núcleo urbano. Si con Boriza no hubo inicialmente escollos, no ocurrió lo mismo con la Parada de la Arena, la cual quedó casi descartada, ya que los aspenses se negaban rotundamente a ceder una teja de agua, con el pretexto de que ellos disfrutaban del dominio útil y el señor del directo. Finalmente, se dispuso que el duque eligiera a un experto con la finalidad de poner en marcha los primeros bocetos27. A primeros de abril de 1776, el religioso Joseph Sarrio fue elegido como práctico.
El primer resultado que se obtuvo de los estudios llevados a cabo en el territorio fue la tasación del coste que supondría encauzar el venero de Boriza.
Tabla 1. Coste de la conducción hasta la población de Elcheii

Material
Coste
5.000 varas de cañería desde la presa de la Fuente, siguiendo el barranco de Boriza hasta el de Urchel a través de una orilla
9.000 libras
7.543 varas de acequia desde el barranco de Urchel hasta el portichuelo de Carrús
13.577 libras
1.850 varas de canalización desde el portichuelo de Carrús hasta el Llano
4.070 libras
4 arcos destinados a salvar tramos de diferentes barrancos. 530 libras 40 pilas de cantería y la fuente para recoger agua
400 libras
Total
27.577 libras

Hasta el siglo XVIII, las tierras de saladar fueron propiedad comunal, momento en el cual el Ayuntamiento pasó a arrendarlas con el visto bueno de los duques. El germen del conflicto, lo encontramos tras el amojonamiento en 1730 del lugar limítrofe entre los Saladares y el Almarjal-Balsa Larguera. La posterior desecación de la Balsa Larguera, por parte del señor con la determinación de ubicar colonos enfiteutas, y las posteriores roturaciones que le siguieron hasta la zona próxima de los Saladares, despertaron el recelo de los capitulares. Tras años de argumentaciones relativas al origen de su dominio, la doble sentencia de febrero y noviembre de 1774 daba al duque la razón; sin embargo, el recurso en alzada de la villa condujo a un veredicto favorable a ésta en 1779.
Asimismo, se iniciaron las actuaciones con la razón de reconocer si Boriza albergaba la suficiente cantidad de recursos. Para esta labor se necesitó la ayuda de un niño al ser un terreno de difícil acceso. El joven expuso que produciría una teja de agua poco profunda. Por otro lado, junto a la indagación anterior y una vez examinada la zona por el propio Sarrio, se llegó a la conclusión de que se requería la puesta en práctica de perforaciones, ante la posibilidad de encontrar mayor copia de agua. Por último, el religioso recomendaba que se informara al poder local de Aspe de estas futuras operaciones con el propósito de evitar conflictos y discrepancias innecesarias.
A sabiendas del ambiente hostil que flotaba entre ambas localidades, los apoderados señoriales decidieron frenar toda acción hasta nueva orden, ya que el cabildo vecino no quería perder el derecho de usar una fuente que nacía en su término y que, además, Elche tomara derecho privativo sobre la misma. Esta tensión venía aderezada con una primera mitad de año tan estéril que en Elche cristalizó en un uso cuasi privilegiado de agua dulce por parte de los acomodados, las consabidas enfermedades y una irrisoria siega.
Las disputas anteriores podrían ser un lastre para obtener el visto bueno del Consejo, por este motivo los abogados expusieron una serie de cuestiones a Francisco de Priego con la misión de despejar todas las dudas.
Tabla 2. Cuestionario relativo a la propiedad y uso de la fuente de Borizaiii
Cuestiones de los abogados
Respuestas de Francisco de Priego
Si el sitio donde nacen las aguas y se debe excavar es de Aspe, de algún particular, baldío común o libre donde el duque tiene dominio libre y facultad de su uso
El terreno es baldío común que pertenece al señor territorial y disfruta de su total dominio
De qué clase son los sitios por dónde se debe acequiar hasta Elche y la distancia que cruza por el término de Aspe.
Es baldío común bajo dominio del duque. La distancia del manantial hasta el término de Elche son unos tres cuartos de legua, debiéndose tocar poca tierra de los habitantes.
Si en Aspe hay suficiente agua para el consumo del vecindario y el uso hecho del agua del barranco hasta el momento.
Aspe no tiene problemas de abastecimiento.
Nunca han explotado la fuente de Boriza, solo algún vecino de manera puntual o se ha usado de abrevadero menor.
Cerrado el capítulo anterior, se tenía vía libre para dar inicio a las excavaciones capitaneadas por Joseph Sarrio y asistidas por Pedro de Leguey y Francisco de Priego. No obstante, todos los esfuerzos durante septiembre de 1776 fueron en vano, pues solo corría “una teja menos de un tercio de agua perenne dulce y de buena calidad”. Las malas vibraciones se confirmaron en el anochecer del día 28 del mismo mes, puesto que “no ha resultado aumento considerable a las aguas descubiertas”, así pues, la rentabilidad de la obra era cuanto menos dudosa.
Sin embargo, apareció un halo de esperanza al plantear Sarrio la posibilidad de unir la insuficiente agua de Boriza con las de la hacienda de Urchel, que causalmente se ubicaban en un lugar cercano por donde avanzaría la futura canalización. Semanas después, comenzaron los primeros tanteos concernientes a fijar el precio que tendría la nueva aspiración de unión de las dos fuentes. Los maestros calcularon que se obtendrían dos abundantes tejas de agua que servirían para nutrir ocho copiosos caños de una o dos fuentes. El cómputo total incluyendo la construcción, mano de obra y compra de terrenos se fijaba en 22.733 libras.
Paraje de la Fuente del Atochón, hoy seca
La reunión de la junta que debía decidir si seguir adelante con este plan, no se celebró hasta el 24 de mayo de 1777. Los participantes concertaron que como había pasado bastante tiempo desde el último registro hecho en los nacimientos era recomendable que se inspeccionaran de nuevo, más aún si cabe ante la constante falta de precipitaciones. Como comisarios se eligió al alcalde ordinario, Salvador Sánchez, y al regidor decano, Ramón Miralles, como práctico a Luis de Petrel, religioso del convento de los capuchinos de Orihuela.
Tras la nueva comprobación, se verificó que en la hacienda de Urchel existían dos fuentes, que producían diecinueve dedos, y la de Boriza, cinco. Con la suma de ambas se podría poblar una fuente de ocho caños, cada una de dos dedos. Por otro lado, en el partido de Boriza existía la opción de lograr más flujo, puesto que en un lugar cercano a los trabajos llevados a cabo en el otoño de 1776, discurría alguna porción nueva y otra cercana con un cuerpo de un dedo y medio. En cuanto a Urchel, se advirtió que de una balsa vacía se veía manar agua, lo que abría la posibilidad de aumentar todavía más su caudal. Con estas novedades, el experto no encontraba inconvenientes a la hora de poner en práctica la obra.
La junta del 7 de agosto de 1777 así como el cabildo extraordinario del 8 de agosto de 1777 aprobaron el informe de Petrel. El resultado de este acuerdo fue la relación de testigos enviada al Consejo con el fin de conseguir tanto la autorización para dar comienzo al encauzamiento como el uso de recursos económicos. No cabe duda de que el avance en este empeño supuso un soplo de aire, puesto que las destrucciones ocasionadas por los temporales de otoño de 1776 y el seco año de 1777 habían minado las esperanzas de los pobladores.
Barranco de las Fuentecillas. Al fondo las Tres Hermanas. En el paraje, las fuentes de Uchel, Boriza, Atochón y de la Gota, ya en las inmediaciones de Carrús
De la inclusión de la fuente del Cañaveral a la cancelación definitiva
La contestación del Consejo se alargó hasta el despacho de 30 de junio de 1778, por el cual se ordenaba que se formara plano del recorrido hasta Elche36. Para esta misión, el Ayuntamiento seleccionó a Miguel de Francia, maestro arquitecto vecino de Crevillente, y a Gregorio Sánchez, maestro albañil titular de la villa.
La preocupación ante la enquistada esterilidad aumentaba, pues el número de rogativas pro pluvia celebradas durante la década había sido muy alta y en su mayor parte sin resultado.
La respuesta a esta cuestión vino de la mano del obispo Tormo, que acusó a la representación de comedias como las culpables de la desgraciada realidad que se vivía, pues éstas, vetadas en la población desde 1735, atentaban contra los valores cristianos. Con la misión de reforzar su denuncia, expuso que Granada, aterrada por los continuos temblores, las prohibió y la ciudad de Zaragoza había padecido el incendio de la Casa de Comedias auspiciado por Dios. Ante ello, el prelado propuso que se suprimieran de nuevo, algo que poco tiempo después decretó el propio monarca.
Mientras tanto, dentro del consistorio ilicitano surgieron dudas, pues los manantiales de Boriza y Urchel se encontraban en un estado tan penoso que los costes de la construcción eran a todas luces muy elevados para un más que probable fracaso. La desidia a la hora de elaborar el mapa pedido por el Consejo condujo a que los duques se dirigieran a los capitulares, en enero y marzo de 1779, con la exigencia de que cumplieran con su obligación. A pesar todo, hasta el verano no comenzaron los trabajos para su dibujo.
Ahora bien, el obispo Tormoiv enterado de esta circunstancia y en su ímpetu de que Elche paliara su sed, envió a Miguel de Francia a examinar los cuestionados lugares. El certificado presentado por el arquitecto no ocultaba que corría menos agua que anteriormente. Tal era la situación que como remedio desesperado propuso unir el venero del Cañaveral y, de esta manera, suplir la fuente de ocho caños que se pretendía.
En otoño de 1780 comenzó a prepararse toda la documentación para el Consejo, pero los contratiempos no tardaron en reaparecer en lo referente a la financiación. Además de incluirse el ofrecimiento económico del obispo de 2.000 ducados y de la duquesa, la villa quería pagar con el producto del sobrante de propios y arbitrios; sin embargo, debido a la guerra con Inglaterra, se habían aumentado las contribuciones fiscales un tercio y debían salir de estos bienes a lo que se sumaba la cuestión de los censos. A juzgar por estos obstáculos, el alcalde ordinario, Josef Coquillat, propuso que se pidiera gastar parte de los 16.000 pesos del producto de saladares, pendientes de fallo judicial acerca de su propiedad. Por mayoría, el cabildo votó incluir esta última parte en el expediente.
A finales de año, se conoció la noticia de la sentencia favorable del recurso impuesto por la villa en el pleito de los saladares contra el recién fallecido duque. Desde este momento, el cabildo debatió las tres opciones en las que se podía emplear esta ingente cantidad de dinero.
En primer lugar, se trató la aspiración de construir un hospicio destinado a los pobres, con el fin de que no llevaran una vida ociosa y se potenciara la industria popular, tal y como recomendaba el Consejo. No obstante, la traba que planteaba su coste casi lo descartaba. En segundo lugar, se consideró ampliar el maltrecho hospital comprando dos casas anexas y destinar la renta anual que generarían los saladares en su manutención, quitando de esta forma este gasto al Ayuntamiento.
En último lugar, le tocó el turno al proyecto de Boriza, Urchel y Cañaveral, el cual fue recibido con un aluvión de críticas mayoritario, puesto que se recordó que durante estos años los manantiales habían tenido un exiguo rendimiento y que su desaparición era más que probable.
También se subrayó que el desembolso para su mantenimiento sería muy alto, porque se encontraban en parajes poco transitables y se necesitaría a un celador. Por último, los cuatro años que necesitaba la obra pasaban a ser el mayor escollo. Expuestas las tres alternativas, llegó la votación y la propuesta del hospital o al menos usar pesos en sus necesidades cotidianas fue la más seguida.
Durante la celebración de una sesión de la junta dedicada a elaborar el expediente requerido por Madrid, coincidió con la llegada de Josef Tormo a la villa, al que se le expuso que la traída de agua desde Boriza y Urchel “no podría tener efecto por la deterioración y grande escasez a que se habían reducido”. De todas maneras, el obispo envió a dos testigos, que evidenciaron la decadencia de los nacimientos, porque Urchel había pasado de catorce cañas gordas a únicamente tres o cuatro cañas; Cañaveral solo disponía de dos o tres cañas; y Boriza estaba casi extinguido, con una o dos cañas. La conclusión de los peritos fue la misma que la de los pobladores: la falta de lluvia durante año y medio los había agotado e incluso especulaban que los constantes temblores habían modificado el curso subterráneo de las aguas.
Hasta 1782, el trazado quedó en el olvido, mas todavía faltaba el golpe de gracia para su anulación oficial. Un vecino de Aspe defendió ante el mitrado oriolano que en el término de su localidad todavía existían copiosos manantiales sin uso, ubicados a un cuarto de legua de la villa, en el barranco de Aspe. Una nueva vía quedaba abierta para conseguir el anhelado suministro.
Al regreso del obispo de varias visitas parroquiales, éste partió acompañado de Miguel de Francia, Josef Gonzálvez y de varios eclesiásticos a inspeccionar de primera mano la zon en cuestión. Inicialmente, marcharon a la llamada de Barrenas, donde la calidad y abundancia de sus aguas dejaron impresionada a la comitiva. A continuación, examinaron una fuente un poco más arriba, con la misma riqueza pero con la mitad de caudal que la anterior. Terminado el itinerario todos eran de la opinión de que si a éstas se les unían otras próximas más la de Don Pedro Miralles, podrían acequiarse a través de la orilla del cauce para surtir a Elche. Además, contaban con la ventaja de que los propios vecinos admitían que ninguna de ellas había sufrido disminución.
Con la intención de fijar el venero más idóneo para un posible nuevo diseño, la villa eligió a Blas Bernabéu y a Josef Sánchez, regidores segundo y tercero, al experto titular, Josef Llofriu, y a Salvador Agulló, práctico en estas materias. Ejecutada la inspección, fijaron la de Barrenas como la más óptima, porque sus tres fuentes eran incluso superiores a las que se explotaban en las huertas próximas. Además, subrayaron la facilidad que supondría su conducción.
Estudiado el informe por el Consejo sobre la precaria situación de Boriza y Urchel y la novedad de Barrenas, no quedó más opción que la cancelación el año 1783. Desde este momento, abastecerse desde Barrenas pasó a ser el deseo de todos los ilicitanos, sueño que se hizo realidad en 1789.

iCronológicamente se ubica entre 1760-1800, aunque su fase más crítica podemos fijarla entre 1780-1795. BARRIENDOS, M. y LLASAT, C. (2009). “El caso de la anomalía «Maldá» en la cuenca mediterránea occidental (1760-1800). Un ejemplo de fuerte variabilidad climática”. En Alberola, A. y Olcina, J. (eds.). Desastre natural, vida cotidiana y religiosidad popular en la España moderna y contemporánea. San Vicente del Raspeig: Publicaciones de la Universidad de Alicante, pp. 253-254.
iiAHME, Documentación municipal, 53Dº/8, Pedro de Leguey al duque de Arcos, 17-2-1775.Documentación municipal, 53Dº/8, Certificación de Juan Bautista González y Pedro la Iglesia de haber pasado al registro y tanteo del coste que tendrá la conducción de la fuente de agua dulce del término de Aspe, 19-4-1776.
iiiAHME, Documentación municipal, 53Dº/8
ivEl ilustrado Josef Tormo (obispo de Orihuela entre 1767-1790) trabajó incesantemente en el deseo de poner fin a las carencias hídricas de la localidad. De este modo, fue la cabeza organizadora de varias conferencias entre las villas implicadas en el proyecto de Marcos Evangelio de desecar la laguna de Villena. Además, puso toda su influencia y recursos en el resto de planes hidráulicos, destacando su aporte económico en la construcción de la cañería de Barrenas a Elche.

Fotografías cortesía de Gonzalo Martínez Español. La que encabeza la entrada corresponde al estado actual de la balsa de Uchel, seca y envuelta por la maleza.



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